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Capítulo 520:
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«Sí, todo está listo» —respondió la enfermera con un asentimiento.
Verena echó un vistazo a Julianna. «Entramos.»
Julianna, ya equipada, devolvió el asentimiento y la siguió adentro. En el momento en que entraron, la habitación se tensó con silencio.
Los únicos sonidos venían del pitido rítmico del equipo y el leve crujido de la tela estéril.
Los ojos de Verena se clavaron en la pantalla que mostraba los signos vitales del paciente. El bisturí se presionó en su palma en cuanto la enfermera lo pasó, y Verena bloqueó todo excepto la tarea que tenía ante ella. Cada segundo se arrastraba como una hora, sus cejas fruncidas sin querer aflojar, una señal clara de la lucha ante ella.
El tiempo se extendió en horas, y el sudor comenzó a arderle en los ojos. Aun así, nunca vaciló. Sus manos se movieron con precisión aguda, cada corte y punto una desesperada apuesta por mantener al paciente con vida. Sabía que no había margen de error. Un desliz podía significar la muerte ahí mismo sobre la mesa.
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Cuando el sudor amenazaba con caer, una enfermera intervino rápidamente, limpiándolo para que la concentración de Verena nunca vacilara. La habitación contuvo el aliento, el silencio tan espeso que podía sentirse, roto solo por los tenues sonidos de los monitores e instrumentos. Por fin, después de cuatro horas implacables, Verena bajó las manos. La batalla había terminado, y la cirugía estaba hecha.
Verena finalmente salió del quirófano, sus hombros encorvados por el agotamiento. Julianna le pasó rápidamente una botella de agua y habló con alivio. «El paciente se salvó. Ya lo trasladaron a observación. Evelyn, déjame manejar las cosas de aquí en adelante. Deberías descansar en el salón.»
Verena llevó la botella a sus labios, aliviando su garganta reseca antes de preguntar: «¿Y tú?»
Julianna negó ligeramente con la cabeza. «Tú fuiste quien dirigió toda la operación. Estoy bien. Puedo echar una siesta en esta silla si es necesario, y las enfermeras están aquí para ayudar.»
Por un momento, Verena se demoró, desgarrada por el pensamiento de irse cuando el estado del paciente aún era tan frágil.
Captando esa vacilación, Julianna se tocó su propio vientre y sonrió suavemente. «También tienes que pensar en el bebé. Anda, tómate un descanso.»
Una pequeña sonrisa tocó el rostro de Verena mientras posaba una mano sobre su vientre. «Está bien entonces. Voy a descansar. Avísame en el momento en que pase cualquier cosa.»
De vuelta en su salón, se hundió en la silla, esperando aunque fuera una siesta corta. La oportunidad nunca llegó. Se escuchó un golpeteo antes de que su cuerpo pudiera relajarse del todo.
«Adelante» —llamó Verena.
La enfermera abrió la puerta con cautela y habló en voz baja. «Evelyn, alguien intentó comunicarse con usted varias veces mientras estaba en cirugía.»
Verena asintió una vez. «Está bien. Gracias. Vuelve a tus labores.»
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