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Capítulo 457:
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Apretando los labios un momento, Verena respondió con claridad y aplomo: «El plan de traslado ha estado en discusión por algún tiempo. Hoy lo hago oficial. En cuanto a cuándo —no pasará mucho tiempo antes de que esta visión se haga realidad.»
Otro reportero levantó la voz por encima del clic de las cámaras: «Evelyn, su hospital es conocido por ofrecer atención gratuita a pacientes sin recursos en el extranjero. Después del traslado, ¿continuará esta práctica aquí en casa?»
La respuesta de Verena llegó sin vacilar, con el tono firme pero lleno de convicción: «Por supuesto. Para mí, cada vida tiene el mismo peso, y todos merecen la oportunidad de vivir. Pero la realidad es más cruel con los pobres. Son ellos quienes más batallan para siquiera ver a un médico —esa es su desgracia. Así que dondequiera que esté mi hospital, mi promesa permanece. Seguiremos brindando tratamiento a quienes de verdad no puedan pagarlo. Pero seré clara: la atención gratuita no es para quien tiene los medios pero simplemente no quiere gastar. Un hospital no es una institución de caridad. Por eso tenemos un equipo dedicado a verificar cuidadosamente cada caso.»
Sus palabras eran claras —compasivas, pero firmes.
Verena no era ingenua. Ofrecía misericordia, pero nunca a costa de la justicia. La política trazaba una línea: solo los verdaderamente necesitados recibirían atención gratuita, mientras que quienes tuvieran recursos asumirían su propia responsabilidad.
Conmovidos por su postura, los reporteros rompieron en aplausos, llenando la sala del sonido del respeto.
En el extremo del fondo, un joven estaba de pie en silencio, su presencia casi pasada por alto. Unos anteojos de aro dorado enmarcaban sus facciones refinadas, dándole un aire de contención e inteligencia. Mientras los demás aplaudían, él permaneció quieto, con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en la mujer llamativa en el podio.
La intensidad de su mirada llevaba palabras que apenas susurró: «Evelyn, ya llegué.»
Pero su voz quedó ahogada bajo la ola de aplausos, tragada por el ruido que celebraba su determinación.
La entrevista se transmitía en vivo, permitiendo que el público siguiera cada palabra y gesto en tiempo real.
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Afuera del salón de entrevistas, un sedán negro esperaba a la orilla del camino, su superficie pulida brillando como espejo bajo el sol.
Adentro, Isaac estaba sentado tranquilamente en el asiento trasero. La luz del sol se derramaba por la ventana, trazando el contorno de su figura alta. Sus pestañas largas proyectaban una sombra leve bajo los ojos, y las líneas marcadas de su perfil llevaban una calma serena. Desde ese ángulo, casi parecía gentil.
Su mirada jamás se apartó del teléfono, como si el mundo afuera hubiera dejado de existir. Su expresión se mantuvo tranquila, aunque su concentración revelaba el peso de lo que observaba.
En la pantalla, Verena estaba parada bajo el estallido de las luces, rodeada de cámaras.
La confianza y la elegancia emanaban de ella tan naturalmente como la respiración. Con la barbilla levantada apenas un poco, sus ojos llevaban un fuego tranquilo —resuelto, pero sereno.
Cada pregunta de los reporteros era respondida con réplicas afiladas y elocuentes, sus palabras entretejidas de ingenio y aplomo.
Isaac se dio cuenta de lo equivocado que había estado al creer que ella alguna vez se había acercado por la riqueza de la familia Bennett.
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