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Capítulo 259:
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El cariño de Danica por ella creció aún más.
Cuando se enteró de que Verena había curado la pierna de Barrie, quedó atónita. Una vez confirmada la verdad, la vergüenza sustituyó su prejuicio, y la gratitud le llenó el corazón de que Isaac se hubiera casado con Verena.
Ojalá Verena también pudiera restaurar a Isaac.
Danica puso suavemente una mano sobre la de Verena. «Verena, sé que curaste a Barrie. Eres verdaderamente extraordinaria.»
Su voz tembló, con la emoción atrapada en la garganta. «Solo te pido que intentes curar las piernas de Isaac. No puedes imaginarte todo lo que ha soportado. Cuando ocurrió el accidente, su padre murió a su lado. Pasó un mes en cama de hospital, y cuando por fin despertó, había perdido tanto a su padre como el uso de sus piernas. Desde ese momento cambió: callado, retraído, encerrándose en su cuarto día tras día. Y yo, en mi propio duelo, egoístamente lo culpé por la muerte de su padre. El peso que cargaba era insoportable. Pero desde que llegaste a su vida, se ha suavizado. Ya no se encierra: su mirada tiene luz de nuevo. Está volviendo a ser más el chico que fue alguna vez.»
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Para entonces, las lágrimas le corrían libremente por la cara a Danica.
Sus palabras pintaban un retrato del sufrimiento de Isaac durante los meses en que Verena no había estado a su lado.
La tristeza brotó en los ojos de Verena. Le tomó la mano a Danica y dijo con sinceridad: «Isaac es mi esposo. Aunque no me lo pidieras, daría todo de mí para curarlo. No te cargues de culpa. Todo corazón flaquea bajo el dolor. Es humano quebrarse. Creo que Isaac lo va a entender.»
Danica lloró hasta que la nariz se le puso roja. Entre lágrimas, preguntó incrédula: «¿De verdad? ¿No me lo va a reprochar?»
Percibiendo su abatimiento, Verena redirigió la conversación suavemente. «Danica, tengo buenas noticias. La condición de Isaac ya ha mostrado señales de avance.»
Aunque le daba cierta vergüenza hablar de esas cosas con su suegra, optó por la honestidad. «Desde el principio, me di cuenta de que su problema no era solo físico, sino profundamente psicológico. En los tratamientos siguientes, incorporé ciertos medicamentos estimulantes.»
Sus dedos le rozaron la mejilla y la voz le bajó un poco. «Ayer, cuando estábamos cerca, noté una reacción. Fue fugaz, pero demuestra que el tratamiento está funcionando.»
Cuando sus palabras se apagaron, el silencio se instaló en el cuarto.
Momentos después, Danica le tomó los hombros a Verena con los ojos encendidos. «¿De verdad? Verena, ¿eso es verdad? ¿Isaac de verdad ha mejorado?»
Su emoción salía en preguntas repetidas, mientras Verena sonreía y asentía. «Absolutamente. No te engañaría en algo tan importante.»
La alegría de Danica desbordó. Cuando llegó, solo traía el más tenue destello de esperanza, pues incontables médicos renombrados habían declarado mínimas las probabilidades de Isaac.
Y sin embargo, ahora Verena le había dado un regalo más valioso que cualquier cosa que hubiera podido soñar.
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