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Capítulo 200:
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Isaac se detuvo, tomado por sorpresa ante la pregunta. La oscuridad siempre había sido su aliada; cuando despertaba de las pesadillas, la negrura lo convencía de que los terrores no eran más que sombras que se dispersarían con el amanecer.
Después de un breve silencio, respondió con voz baja y tranquila: «No me molesta.»
«Me lo imaginaba.» Las cejas de Verena se arquearon con una sonrisa mientras se recostaba a su lado.
El calefactor zumbaba, llenando el cuarto de calor. La ropa de ambos era ligera, y cuando Verena se acomodó, el brazo de Isaac rozó el calor persistente de su cuerpo.
La mezcla de frío y calor creó una extraña armonía que lo desestabilizó.
La respiración se le cortó. Se quedó mirando el techo, quieto como si el tiempo se hubiera pausado.
Aunque el cuerpo permanecía rígido, los pensamientos le daban tumbos sin descanso.
La chica a quien tanto quería estaba recostada justo a su lado.
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Podía sentir la delicada presión de los dedos de ella contra su brazo y captar la leve fragancia de su cabello.
La garganta le trabajó. Se mordió el interior de la mejilla, y la respiración se le fue profundizando sin que lo notara.
Viendo su mirada perdida fija en el techo, Verena entendió su inquietud. Con intención traviesa, se apoyó en un codo, se inclinó más cerca, y preguntó: «¿No puedes dormir?»
La mano se le posó sobre el pecho. La frente le rozó el mentón, y el aliento le llegó con suavidad, como probando su compostura.
Esa cercanía repentina lo puso en alerta máxima. El calor y la suavidad que se presionaban contra él hacían de cada respiración un esfuerzo. Una tensión torpe se coló entre ellos.
Como él seguía sin responder, Verena extendió la mano y le acarició la mejilla: «¿Por qué tan callado?»
Su palma —suave como terciopelo— le acarició el rostro como si él fuera algo precioso.
Isaac bajó los ojos, estudiándola con intensidad.
Él era un torbellino de nervios, y ella estaba tranquila, casi serena. Cualquier chica ordinaria, recostada tan cerca de alguien a quien admirara, quizás se sonrojaría o vacilaría. Pero Verena se mantenía impasible.
Incluso compartiendo una cama, cargaba ese aplomo, todavía tomándole el pelo sin ningún reparo.
Para Isaac, eso sugería que ella se manejaba bien en asuntos del corazón. Un leve ceño le tocó la frente mientras una comprensión lo golpeó —nunca se había preguntado por el pasado amoroso de Verena.
Al principio no había parecido necesario. Su unión había comenzado como un asunto de intereses familiares. Pero ahora la curiosidad lo carcomía.
En lugar de responder a su coquetería, Isaac murmuró: «¿Puedo preguntarte algo?»
Los ojos de Verena se iluminaron de interés: «Por supuesto.»
Vaciló. ¿Indagar en su pasado lo haría parecer inseguro? ¿Lo tomaría a mal —lo encontraría inapropiado, cerrado de mente? Y sin embargo el silencio se sentía insoportable. Ella no era solo la mujer que le gustaba; era también la mujer a la que llamaba su esposa.
No podía fingir indiferencia.
Después de batallar consigo mismo, por fin preguntó, vacilante pero firme: «Verena… ¿cuántas relaciones has tenido antes?»
La habitación se quedó en silencio.
Los puños de Isaac se tensaron, y una película de sudor le humedeció las palmas. Su mirada se quedó clavada en ella, como si hasta su latido esperara la respuesta.
El arrepentimiento le picó al instante —¿y si odiaba la pregunta?
Captando la tensión solemne en su rostro, Verena eligió el humor para romperla. Bromeó con ligereza: «Tres o cuatro, quizás.»
«¿Tres o cuatro?» repitió Isaac, la incredulidad subiéndole la voz.
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Nota de Tac-K: Tengan un muy agradable día martes amadas personitas. Dios les ama y Tac-K les quiere mucho. (=◡=) /
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