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Capítulo 90:
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«¡Dayna!»
Declan estaba a punto de salir corriendo tras ella, pero Kristopher se le adelantó. Con una rápida pulsación del botón de cierre del ascensor, Kristopher acalló el grito de Declan, dejándolo atrapado en el pasillo.
Una oleada de alivio invadió a Dayna, y sus nervios se relajaron: verse acorralada por Declan habría significado horas de drama complicado.
Dentro del ascensor, la voz de Kristopher resonó, grave y fría, con un ligero matiz de autoridad.
«¿Qué te ha traído al hospital? Creía que estabas ocupada haciendo las maletas y mudándote a mi casa».
La pregunta puso a Dayna de los nervios, y la irritación le picaba bajo la calma.
—La culpa es de Declan. Intentó meterme en esto; quería que Wraith Physician operara a su madre.
Kristopher permaneció en silencio, con la mirada fija y expectante, pidiéndole en silencio que continuara.
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—Para que eso sucediera, Declan firmó un contrato. Me debe tres favores, sin preguntas. El primero es el proyecto Ennead.
Una mirada de comprensión se dibujó en el rostro de Kristopher mientras asentía. Justo en ese momento, el ascensor sonó, anunciando su llegada a la planta baja.
Dayna maniobró la silla de ruedas de Kristopher a través de las puertas del vestíbulo. Pronto, ambos estaban abrochados en el todoterreno, que se deslizó suavemente entre el tráfico, serpenteando de vuelta a Bloomstead.
Kristopher le lanzó una mirada de reojo, con un tono tranquilo pero agudo.
«Tú y esa famosa médica Wraith parecéis estar muy unidas, ¿no?».
«Probablemente sea lo más parecido que tengo a una verdadera amiga», respondió Dayna, cautelosa, sin saber a qué se refería Kristopher.
Una punzada de culpa le retorció el pecho, haciéndola sentir incómoda. Cuando la presionaban para que diera detalles, Dayna siempre había encubierto su conexión con la médica Wraith con una mentira piadosa.
Kristopher nunca cuestionó el origen de sus habilidades médicas, y su rápida historia siempre había mantenido a raya su curiosidad.
Aun así, Dayna sabía que una sola mentira tenía la capacidad de multiplicarse, y el hecho de mantener la farsa había empezado a agotarla.
—Si alguna vez está libre, deberíamos invitarla a cenar. Quiero darle las gracias en persona por cuidar de ti —dijo Kristopher, con tono sincero.
La sugerencia pilló a Dayna desprevenida, pero rápidamente disimuló su sorpresa. —Está muy ocupada, pero le preguntaré si puede dedicarnos un rato.
Kristopher le lanzó una mirada fugaz, una que parecía decir que no se lo creía del todo, pero dejó el tema.
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