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Capítulo 476:
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La emoción ardió en los ojos de Stetson en el momento en que escuchó las palabras de Dayna. Su mirada se fijó en ella con una intensidad que le hacía temblar las manos, conteniendo a duras penas los gestos salvajes que amenazaban con desatarse.
Su voz se elevó con cada palabra. «¿Sabes lo que tenía planeado para hoy? En un principio, iba a matarte y extraer cada uno de los órganos de tu cuerpo. Pero has demostrado ser demasiado perfecta, exactamente la compañera con la que he soñado durante años. Nuestras experiencias se reflejan mutuamente, nuestros objetivos encajan a la perfección. Esta conexión nos unirá como nada más podría hacerlo. Te perdonaré la vida, pero te quedarás aquí conmigo para siempre. Somos las únicas dos personas en este mundo que realmente comprendemos el dolor del otro. Nadie más podría ocupar jamás el lugar que nos hemos labrado en el corazón del otro».
Dayna no dudó ni un segundo. «Estoy de acuerdo».
En el momento en que esas palabras salieron de sus labios, Stetson cortó las cuerdas con su bisturí.
La libertad volvió a sus extremidades y Dayna se incorporó, masajeándose las marcas rojas e inflamadas que las ataduras habían dejado en sus muñecas. El fervor ardía en la mirada de Stetson mientras la observaba.
«Hay algo que necesito que hagas primero. Considéralo una prueba de tu lealtad y sinceridad».
La confusión se reflejó en el rostro de Dayna. «¿Qué tipo de prueba?».
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«Ayúdame a completar mi mayor obra maestra».
Una risa brotó del pecho de Stetson, incontrolable y maníaca. Se dio la vuelta y se dirigió a zancadas hacia la esquina más alejada del sótano.
Ahora que podía moverse libremente, Dayna se dio cuenta de que el sótano se extendía mucho más allá de lo que su limitada visión había revelado. El aire estaba cargado del nauseabundo hedor de la descomposición y la sangre seca. Una enorme tela negra dominaba el espacio frente a Stetson, cubriendo algo grande y siniestro.
Él arrancó la cubierta sin ceremonias, dejando al descubierto una jaula repleta de docenas de seres humanos. Cada cautivo estaba atado con cadenas, sus cuerpos apiñados en grupos débiles y destrozados. Solo el leve subir y bajar de sus pechos convenció a Dayna de que aún no habían cruzado al otro lado de la muerte.
«Contemplad la que pronto será mi mayor obra maestra. Se extraerán todos los órganos de estos cuerpos para crear algo completamente nuevo. ¡Cuando el mundo sea testigo de mi obra, seré aclamado como el genio más brillante que jamás haya existido!».
La voz de Stetson se elevó hasta convertirse en una risa maníaca, con la mente ya embriagada por visiones de alabanzas infinitas y aplausos atronadores.
El sonido atravesó el sótano como cristal roto, provocando violentos temblores en todas las personas apiñadas dentro de la jaula.
Años de traumas infantiles, innumerables rechazos y el constante recordatorio de su rostro marcado por cicatrices habían deformado la psique de Stetson hasta dejarla irreconocible. La validación se había convertido en algo más que un deseo: era un hambre devoradora que consumía todo pensamiento racional.
Hombres como él solían construir sus propios reinos retorcidos donde la realidad se doblegaba a su voluntad, donde por fin podían hacerse con lo que el mundo siempre les había negado.
El hielo pareció extenderse por las venas de Dayna. La certeza se instaló en su mente de que este grotesco plan no había nacido de una sola noche de locura. El elaborado montaje que la rodeaba hablaba de meses, quizá años, de preparación.
No pudo evitar preguntarse por los oscuros experimentos que habían conducido a este momento. ¿Qué horrores había cometido mientras perfeccionaba su retorcido arte?
La sangre se había empapado tan profundamente en los cimientos del sótano que el hedor metálico parecía permanente. Innumerables vidas inocentes se habían extinguido en este mismo espacio, reducidas a nada más que juguetes para las fantasías desquiciadas de Stetson.
Nada en su vida la había preparado para el terror crudo y primitivo que ahora se apoderaba de su alma. El miedo por sí solo bastaba para ponerle los pelos de punta a cualquiera. A Dayna ya se le había erizado la piel de los brazos; su cuerpo respondía al horror antes de que su mente pudiera procesarlo por completo.
La curiosidad la impulsó a hablar a pesar del peligro. «¿Qué te inspiró para hacer algo así? ¿Hubo alguien que te mostrara el camino?»
Una auténtica perplejidad invadió sus pensamientos. Stetson había admitido no haber recibido nunca una formación médica adecuada, y sin embargo ahí estaba, manejando instrumentos quirúrgicos con una confianza letal.
¿Cómo podía alguien sin formación académica atreverse a acabar con tantas vidas inocentes con el pretexto del avance científico?
Quizá la ignorancia realmente engendraba una audacia de lo más peligrosa. Aun así, ¿cómo había logrado eludir la captura durante tanto tiempo mientras cometía estas atrocidades?
Las preguntas le ardían en la lengua, pero Dayna se las guardó. El estado mental de Stetson parecía peligrosamente inestable y no podía arriesgarse a provocarlo.
Además, no tenía ni idea de qué otras trampas mortales podrían estar ocultas por todo ese sótano. Su único objetivo seguía siendo salvar a las personas atrapadas en esa jaula.
El terror se apoderó de los rostros de los cautivos en el momento en que vieron acercarse a Stetson. Solo una mujer frágil se separó del grupo, cayendo de rodillas y golpeándose la frente contra el suelo de hormigón.
«Quítame la vida si quieres. Pero, por favor, te lo suplico, perdona a mi hija. Es tan joven. Déjala ir y matame a mí en su lugar».
Fue entonces cuando Dayna se fijó en la diminuta figura que se escondía detrás de la mujer: una niña que parecía tener apenas cuatro años.
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