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Capítulo 422:
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Mientras tanto, Kristopher estaba practicando cómo caminar, esforzándose por mantenerse de pie sin la ayuda de su silla de ruedas. Su dedicación a la rehabilitación por fin empezaba a dar resultados reales. No hacía mucho, incluso ponerse de pie significaba luchar contra oleadas de agonía, con el rostro crispado por el dolor.
Sin embargo, tras interminables repeticiones, los dolores se habían desvanecido hasta convertirse en un vago recuerdo. Kristopher ya podía imaginarse el día en que caminaría —y tal vez incluso echara a correr— como todo el mundo. Ese objetivo le había parecido en su día inalcanzable, casi ridículo de imaginar.
Dayna se quedó en el rellano, observando en silencio sus progresos. Ver cómo se negaba a rendirse le conmovió; su determinación le pareció sinceramente conmovedora.
Sus pensamientos se desviaron hacia una historia que había leído una vez sobre una especie rara de águila. Estas aves anidaban en acantilados escarpados, planeando con una fuerza feroz, con garras y picos hechos para la caza. Águilas como esas podían vivir hasta setenta años, pero el precio de la supervivencia era casi inconcebible.
Una vez que cumplían los cuarenta, los años de vida lastraban sus plumas y sus picos se volvían demasiado romos para alimentarse, y cada caza se convertía en una batalla perdida. Para evitar morir de hambre, se enfrentaban a una elección brutal. Las aves se rompían sus propios picos y se arrancaban las plumas viejas, obligando a sus cuerpos a regenerar lo necesario para la vida.
Heridas y en carne viva, se retiraban a grietas rocosas, aguantando en silencio hasta que por fin les volvían a crecer nuevos picos y plumas.
Soportar tal agonía era nada menos que una batalla por la supervivencia; el propio viaje de Kristopher reflejaba esa lucha implacable. Se trataba de tocar fondo y luego forzar el camino de vuelta, impulsado por nada más que una obstinada determinación.
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Kristopher, a los ojos de Dayna, no era menos valiente que esas águilas. En lugar de romper el silencio, Dayna esperó pacientemente, dando un paso adelante para ayudarle solo cuando Kristopher se detuvo para recuperar el aliento.
Acercando su silla de ruedas, Dayna le habló con suave preocupación. —Sé que quieres recuperarte rápido, pero se trata de resistencia, no de velocidad. Ten un poco más de paciencia, o acabarás retrasando tu recuperación.
Kristopher, respirando con dificultad y con el sudor brillando en la frente, logró asentir levemente. «El tiempo no está de mi lado. Tommy ha vuelto, y está hambriento de poder, y mi abuelo le respalda».
Su historial profesional era impecable, pero su lesión era la grieta que los críticos no dejaban de señalar. En su cara, la gente esbozaba sonrisas corteses, pero en cuanto se daba la vuelta, podía oír sus susurros: «lisiado» era la palabra que utilizaban. Siempre había sido consciente de ello, y había optado por dejar que sus palabras le resbalaran en silencio.
Dayna respondió con firme determinación: «No estás solo en esto. Estaré a tu lado pase lo que pase».
Una calidez brilló en la mirada de Kristopher al volverse hacia ella. «Eres el mejor regalo que el destino me ha dado jamás».
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