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Capítulo 399:
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Ella asintió con la cabeza, pero antes de marcharse, se volvió para despedirse de Nell. Dentro de la habitación, Nell estaba sentada con la espalda apoyada, con los ojos brillando con picardía, y enseguida se lanzó a hacer una serie de gestos exagerados.
Dayna no pudo evitarlo: se echó a reír. ¿Cómo podía alguien ser tan deliciosamente entrometido cuando apenas podía sentarse erguido?
De vuelta a Bloomstead, un pesado silencio se instaló entre ellos. Kristopher permaneció absorto en su teléfono, moviendo los dedos con rapidez mientras daba una serie de órdenes precisas.
A su lado, Dayna se desplazaba por páginas repletas de información: los datos de Paige. Paige no era solo una hacker; era una observadora silenciosa con una memoria impecable. Había rastreado la vida de Tommy con una precisión inquietante, reconstruyendo su pasado a partir de los comentarios casuales de Dayna como si fueran piezas de un rompecabezas que encajaban en su sitio.
Dayna leía lentamente, página a página. Los primeros años de Tommy dibujaban el retrato de un prodigio: notas excelentes en todas las asignaturas, una mente aguda que dejaba atónitos a los profesores.
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En las fotos de grupo, siempre destacaba: su ascendencia mestiza lo diferenciaba, no solo en el aspecto, sino en la presencia. Había un encanto sutil en aquellas imágenes, un chico de rasgos suaves, una curiosidad tranquila en sus ojos. Un marcado contraste con el hombre en el que se había convertido, que ahora lucía una máscara cuidadosamente elaborada y desprovista de emoción.
Su vida había dado un giro brusco a los diecisiete años. Había abandonado los estudios por razones que nadie había registrado, y el rastro documental terminaba ahí: cortado de raíz, como un hilo que se rompe a mitad de una puntada.
Lo primero que se le vino a la mente a Dayna fue la enfermedad hereditaria de Tommy. Si no se hubiera cruzado en su vida cuando lo hizo, existía una posibilidad real de que él no hubiera pasado de los dieciocho años.
Pero lo que la atormentaba ahora eran los años perdidos. Cinco años enteros, enterrados y sin explicar. ¿Qué había sucedido en ese vacío para convertir a un joven brillante en el hombre frío e indescifrable que era ahora? No conseguía encajar las piezas, al menos, no todavía.
Su teléfono seguía encendido, con la pantalla congelada en el perfil de Tommy, cuando Kristopher se inclinó ligeramente hacia ella, captando el reflejo en sus ojos.
«¿Qué opinas de Tommy?», preguntó él, observándola.
Dayna no levantó la vista. «Es peligroso. Inteligente. De los que saben ir tres pasos por delante mientras ocultan sus cartas. Enfrentarse a él de frente sería una pesadilla en cualquier ámbito».
Tommy, pensó ella, era complejo: tenso como un resorte, con pensamientos anidados bajo otros pensamientos. No se parecía en nada a Kristopher.
La frialdad de Kristopher era clínica. Mantenía a la gente a distancia. Incluso cuando utilizaba métodos cuestionables, lo hacía a la vista de todos: sin humo ni espejos.
¿Pero Tommy? Era todo sombras.
Dayna siempre había confiado en sus instintos, y estos le estaban dando señales de alarma. Kristopher no respondió, solo un breve destello en su expresión antes de cambiar de tema.
«Bueno… ¿adónde habéis ido hoy Nell y tú?».
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