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Capítulo 319:
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Allí estaba Dopey, sosteniendo el cuerpo sin vida de Clarice contra su pecho. Era una imagen inquietante —un hombre vivo aferrado a un cadáver; sin embargo, el rostro de Dopey reflejaba algo inquietantemente parecido a la paz, como si por fin hubiera encontrado lo que siempre había estado buscando.
Temblando, Dopey se agachó lentamente y recogió el cuchillo ensangrentado de la arena. Sin dudarlo, giró la hoja hacia dentro y se la clavó directamente en el pecho.
La sangre brotó rápidamente, derramándose por la herida. Su cuerpo se estremeció una vez antes de quedarse inmóvil —solo sus brazos se movieron, apretando con más fuerza a Clarice.
«Clarice… dijiste que siempre estaríamos juntos. Ahora lo estaremos. Para siempre», susurró, con un tono teñido de tranquila alegría.
Entonces sus ojos se cerraron.
Los dos permanecieron allí, entrelazados en un último abrazo: dos almas que partían juntas, envueltas la una en la otra.
Dayna se quedó paralizada, observando cómo se desarrollaba todo. Sus pensamientos se sentían confusos, el pecho le pesaba con un dolor indescriptible. No le salían palabras; no le encontraba sentido a nada.
Nunca había creído que el amor pudiera llevar a alguien tan lejos: a dar un paso voluntario hacia la muerte por el bien de otra persona.
La mente de Dayna era un torbellino, confusa y ruidosa, imposible de ordenar. Sus sentimientos la abrumaban como olas, demasiado fuertes y rápidas para desenredarlas.
Ella y Kristopher volvieron a subir al coche, y el conductor aceleró sin dudar. Antes de morir, Clarice había revelado pistas cruciales sobre dónde estaban colocadas las bombas. Kristopher sabía que ahora cada segundo contaba. Un solo retraso podía significar quedar atrapados en la explosión.
Miró rápidamente a Dayna. Su expresión estaba cargada de preocupación. Le apretó la mano y dijo con suavidad: «Esta fue su elección. Nada de esto es culpa tuya».
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Clarice había tomado su decisión. Había puesto fin a su propia vida. Dopey había elegido seguirla, directamente hacia la muerte. Dayna no había provocado ninguna de esas decisiones.
Pero el entumecimiento ya había hundido sus garras en ella. No dejaba de mirar sus manos manchadas de sangre, con la voz débil y hueca. «¿Por qué tenía que acabar así?».
Nunca había querido que Clarice muriera. Su objetivo había sido la paz, una salida que no terminara en sangre. Solo había querido hablar, encontrar una salida con la que todos pudieran vivir. Pero Clarice se había lanzado contra el cuchillo que Dayna sostenía.
¿Cómo podía fingir que no formaba parte de ello? Ahora dos personas se habían ido, y el peso de ello la oprimía como una piedra.
Ya se había enfrentado a la muerte antes. Había quitado vidas. Esto no era nuevo para ella. Sin embargo, algo de lo ocurrido hoy había atravesado su armadura. La había calado más hondo, dejándola conmocionada de una forma que no había sentido en años. Sus pensamientos eran confusos, dispersos, imposibles de retener.
Kristopher le apretó la mano con más fuerza, con voz firme y segura. «Tú no has causado esto», repitió. «Hiciste lo que tenías que hacer».
Aun así, la imagen de Clarice lanzándose sobre el cuchillo —y de Dopey siguiéndola sin dudar— seguía repitiéndose en la mente de Dayna como una película que no podía detener.
El coche aceleró por la carretera, dejando atrás el caos, pero ninguna distancia podía aliviar el peso aplastante de la culpa que le oprimía el pecho.
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