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Capítulo 291:
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No podía apartar la mirada de él, desesperada por memorizar cada detalle de su rostro. Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Kristopher cuando se volvió hacia ella. Con delicadeza, apartó sus dedos temblorosos de la tela.
—Recuerda lo que te dije —dijo en voz baja.
Las lágrimas le ardían en los ojos a Dayna mientras la impotencia la embargaba en oleadas. En ese momento, el único regalo que podía hacerle a Kristopher era no convertirse en otra carga que le agobiara.
Cuanto más se hacía patente esta verdad, más sentía que le partían el pecho. Las palabras le fallaban por completo ante la muerte, dejándole la garganta seca y en silencio.
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Kristopher maniobró su silla de ruedas a través de la puerta del coche con una facilidad adquirida por la práctica. La puerta se abrió de par en par y a Dayna se le cortó la respiración al ver el alcance total de la devastación que se desplegaba ante sus ojos.
Cuerpos yacían esparcidos por el suelo mientras el hedor metálico de la sangre se mezclaba con el polvo que se asentaba en el aire. Más de diez figuras vestidas de negro formaban un perímetro letal a su alrededor, con metralletas relucientes en sus manos. Máscaras de calaveras transformaban cada rostro en algo salido de una pesadilla.
Asesinos profesionales. La constatación golpeó a Dayna como agua helada corriendo por sus venas.
Los negocios habían acaparado la atención de Kristopher en los últimos años, manteniéndolo alejado de los sangrientos tejemanejes del submundo. Sin embargo, los enemigos no desaparecían simplemente porque la familia Hudson hubiera elegido un camino más limpio.
Kristopher permanecía inmóvil en su silla de ruedas, rodeado por una selva de cañones de armas apuntando a su pecho. Su costoso traje seguía inmaculado, cada hilo en su sitio. Ni siquiera la más mínima arruga alteraba las líneas perfectas de su ropa.
El contraste le pareció a Dayna casi de otro mundo. Allí estaba un hombre de refinada elegancia en medio de la carnicería y el caos, ajeno a la violencia que se había cobrado tantas vidas a su alrededor. Parecía una figura de otro mundo, intocable ante la brutalidad que lo rodeaba.
La mirada de Kristopher recorrió a los hombres armados con total indiferencia, como si estuviera examinando algo tan inofensivo como unos muebles. El peligro parecía existir en un reino diferente al que él ocupaba, incapaz de alcanzarlo.
Kristopher irradiaba autoridad independientemente de las circunstancias, esa presencia inquebrantable que hacía parecer que controlaba cualquier situación en la que se encontrara.
Una risa triunfal brotó del líder de los asesinos. «Sr. Hudson, cuánto tiempo sin vernos. Dígame, ¿todavía recuerda quién soy?».
Kristopher arqueó ligeramente una ceja, con un destello de desprecio en los ojos. «Me preguntaba quién sería tan tonto como para intentar esto. Debería haber sabido que sería usted, rata patética».
La ira desfiguró los rasgos del líder, con el fuego ardiendo en sus ojos ante el insulto. Apretando los dientes de forma audible, se arrancó la máscara de cráneo de la cabeza, dejando al descubierto una cicatriz irregular que trazaba un grotesco surco a lo largo de todo su rostro.
«Qué halagador que te acuerdes de mí. Al fin y al cabo, esta cicatriz lleva tu firma». Su voz rezumaba años de odio acumulado.
El metal brilló cuando el hombre de la cicatriz hizo girar su arma. «Hace tiempo me dejaste por muerto. Pero el destino tiene sentido del humor, ¿no? ¡Hoy, en cambio, tengo tu vida en mis manos!».
Una fría sonrisa se dibujó en los labios de Kristopher. «¿De verdad crees que eres capaz de matarme? Ni siquiera eres digno de intentarlo».
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