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Capítulo 192:
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Ese viejo columpio le trajo a la mente un torrente de momentos felices de cuando Dayna era una niña pequeña.
Hace años, solía columpiarse tan alto que realmente se sentía como un pájaro a punto de que le crecieran plumas y alzar el vuelo hacia las nubes.
Kristopher miró hacia su silla de ruedas con expresión de silenciosa derrota, pero asintió con la cabeza, de forma leve pero firme. «De acuerdo», dijo, con voz suave pero firme.
Dayna agarró con fuerza las frías cadenas de metal.
Kristopher se inclinó hacia delante y le dio un empujón suave y cuidadoso.
Ú𝘯𝘦𝘵𝘦 𝘢𝘭 𝘨𝘳𝘶𝘱𝘰 𝘥𝘦 𝘛𝘦𝘭𝘦𝘨𝘳𝘢𝘮 𝘥𝘦 𝘯𝘰𝘷𝘦𝘭𝘢𝘴4𝘧𝘢𝘯.𝘤𝘰𝘮
Ese ligero empujón la hizo balancearse suavemente en el aire.
Su falda bailaba con la brisa mientras ella reía: un sonido brillante, puro y rebosante de alegría.
«¡Estoy volando!», gritó, con la voz rebosante de emoción.
Kristopher se sentó detrás de ella, sonriendo mientras seguía empujando el columpio hacia delante con empujones ligeros y firmes. Cada risa que salía de su boca hacía que algo cálido se despertara en su interior.
Allí subía, más alto con cada vaivén, con su suave cabello volando detrás de ella como una cinta al viento.
En ese momento, parecía como si la niña que Dayna había sido se fundiera con la mujer que era ahora: despreocupada y llena de los mismos sueños descabellados, de esos que tenía antes mientras jugaba a disfrazarse con su madre, creyendo que podía ser cualquier cosa.
«¡Voy a convertirme en un pájaro y me van a crecer alas!», gritó Dayna, con la voz elevándose tan alto como el columpio. Gritó sin preocuparse por nada, sin pensar ni por un segundo en cómo se veía o en lo que pensaran los demás.
La edad adulta le parecía un laberinto: fría, estricta, llena de reglas y rutinas aburridas. Solo de pensarlo se sentía agotada.
Solo en momentos como este —cuando el alcohol la relajaba y sus defensas se derrumbaban— podía conectar con la niña que había sido.
En ese momento, se había convertido de nuevo en esa misma niña.
Kristopher la observaba en silencio, con una leve sonrisa dibujándose en su rostro. No sabía exactamente cuándo había empezado, pero en algún momento, la alegría de ella había comenzado a sentirse como propia.
A sus ojos, Dayna siempre había parecido una persona recompuesta tras una caída: tranquila por fuera, pero por dentro, las tormentas seguían agitando las cicatrices que no habían sanado del todo.
Su elegancia y su calma de adulta eran como un escudo, algo que había construido para mantener a raya el dolor. Pero ahora, por fin, había dejado a un lado ese escudo y había dejado que su verdadero yo saliera a la luz.
No paró hasta que se le acabaron las fuerzas. Entonces, por fin, se bajó del columpio, agotada pero de alguna manera más ligera.
Kristopher la miró. —¿Te apetece seguir columpiándote?
Dayna negó con la cabeza suavemente, con la mirada perdida hacia la casa. —¿Puedo entrar? ¿Por casualidad también tienes la llave de ahí?
Kristopher respondió en voz baja: —Esta es tu casa. ¿Qué te impide entrar?
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