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Capítulo 164:
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Colgó sin decir nada más y añadió el número de Declan a su lista de bloqueados. Mirando fijamente la pantalla en blanco, Dayna se detuvo al aflorar un recuerdo. Rápidamente volvió a cambiar su teléfono a su número personal. Se dio cuenta de que nunca había vuelto a cambiarlo después de usar la línea del médico de Wraith durante su estancia en el hospital.
Ahora su teléfono vibraba sin cesar, y una alerta tras otra iluminaba la pantalla. Casi todas las llamadas perdidas eran de Declan. Su teléfono estaba configurado de tal manera que mostraba alertas de llamadas perdidas incluso de números bloqueados, aunque esas llamadas nunca pudieran completarse.
Una fría determinación se instaló en su expresión. No permitiría que nadie se aprovechara de su dolor y luego se negara a arreglar las cosas. Sin dudarlo, regresó al gimnasio. Dentro, Kristopher ya se había duchado, luciendo renovado y listo para relajarse.
—Ya hemos hecho suficiente por hoy. Demos por terminada la noche —dijo Dayna, mirando a Kristopher con una firmeza amable.
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Un acuerdo silencioso se estableció entre ellos. —De acuerdo.
Juntos subieron las escaleras; Dayna guiaba la silla de ruedas de Kristopher sin decir palabra. Kristopher desapareció en su estudio y Dayna se dirigió directamente al dormitorio. Sentándose en el borde de la cama, abrió su portátil y comenzó a escribir.
Una sola línea resumía su determinación: «Declan, te quedan cuarenta y ocho horas». No habría más prórrogas. Este era el último plazo.
Su mente empezó a divagar, la curiosidad tirando de ella hacia el escándalo del envenenamiento de Madison: ¿qué repercusiones había habido?
Casi como si fuera una señal, su teléfono se iluminó con una llamada entrante. El nombre de Madison parpadeó en la pantalla.
Madison no se había puesto en contacto con ella desde el día en que se formalizó el divorcio.
Una mueca de diversión se dibujó en el rostro de Dayna mientras aceptaba la llamada inesperada, curiosa por saber qué se traía Madison entre manos.
«Dayna, ¿tienes un minuto? Hay algo que tenemos que discutir». El tono seco y ansioso de la introducción no hizo más que aumentar el escepticismo de Dayna.
Yendo directa al grano, preguntó: «¿Qué quieres?».
«No es algo trivial, y tenemos que hablar cara a cara. Te enviaré un mensaje con la ubicación. Tienes que venir», insistió Madison, sonando más urgente de lo habitual.
Sin paciencia para juegos, Dayna respondió: «No me interesa. Estoy ocupada».
«Si te saltas esta reunión, te prometo que te arrepentirás». Un tono de suficiencia se coló en la voz de Madison. «Esta es tu última advertencia, Dayna. Si no apareces, ¡prepárate para un escándalo con tu nombre en todos los titulares!».
De repente, la llamada se cortó.
Sonó una notificación y Dayna miró la dirección que le había enviado Madison, con una chispa de curiosidad encendiéndose en su mirada.
Fuera lo que fuera lo que Madison estuviera planeando, Dayna sentía que su curiosidad crecía por segundos.
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