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Capítulo 14:
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Declan no se lo tomó en serio. En su mente, esto no era más que otro de los elaborados juegos de Dayna. Ni siquiera le dedicó una segunda mirada. Sus días se consumían ahora en largos paseos matutinos y charlas nocturnas con su querida Madison.
Hubo un tiempo en el que Dayna se habría desmoronado: suplicando, llorando, haciendo cualquier cosa para que él se quedara.
¿Pero ahora?
Se quedó de pie en silencio frente al ayuntamiento, tan tranquila como siempre.
Sentado frente a ella había un hombre con una camisa blanca impecable, relajado en su silla de ruedas. La luz del sol se filtraba entre los árboles e iluminaba suavemente su rostro, haciéndolo parecer menos frío de lo habitual.
Dayna arqueó una ceja, sorprendida. No esperaba que Kristopher apareciera, y menos aún antes que ella. Unas cuantas chicas jóvenes que estaban cerca le lanzaban miradas furtivas y cuchicheaban entre ellas.
Apretando con fuerza sus documentos, Dayna respiró hondo y se acercó a él, asintiendo cortésmente. «Buenos días, señor Hudson».
Kristopher levantó la vista de inmediato. En cuanto la vio, sus dedos se tensaron ligeramente sobre el reposabrazos. Su expresión no delataba nada, pero hubo un pequeño cambio, algo que ella no lograba descifrar.
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Dayna captó esa mirada y vaciló, desconcertada por la forma en que él la observaba. Instintivamente, bajó la mirada hacia su camisa, preguntándose si algo andaba mal. «¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? ¿O en la ropa?»
Él apartó la vista rápidamente y entrecerró los ojos. «Vamos».
Aún no podía asimilarlo. Realmente lo había hecho. De verdad había seguido adelante con ello.
Gracias a sus contactos, todo el proceso fue rápido: documentos firmados, confirmados y archivados. Y así, sin más, estaban legalmente casados.
Al salir del edificio, Dayna sintió una extraña mezcla de alivio y emoción bullir en su interior.
«Sr. Hudson, esperemos que esta asociación vaya sobre ruedas». Ella le dedicó una sonrisa amable y le tendió la mano, pero Kristopher no se movió.
En cambio, se recostó en su silla, con una expresión tranquila pero distante. «Te mudas hoy a mi villa del centro. Sin retrasos».
Dayna parpadeó, totalmente confundida. ¿No se suponía que esto era un matrimonio por contrato? Entonces, ¿por qué tenían que vivir juntos?
Su expresión no vaciló. «No olvides tu papel. Ahora eres la señora Hudson».
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