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Capítulo 136:
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Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Dayna. «No he olvidado nada». En su día, la pasión por el diseño de interiores ardió con fuerza en el interior de Dayna, pero las expectativas familiares la empujaron por el camino de las finanzas.
Las labores del hogar se convirtieron en su mundo tras la graduación, y sus días se fundieron silenciosamente en la vida matrimonial.
Una breve temporada como becaria en el Murray Group, antes de la quiebra de la empresa, le permitió saborear el mundo de los negocios antes de que todo cambiara.
En el silencioso coche, Kristopher la sorprendió con una oferta inesperada. «Si te apetece, al Hudson Group le vendría bien alguien con tu experiencia. El horario es flexible y el sueldo no está nada mal, por no hablar de las prestaciones».
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La sorpresa se reflejó en el rostro de Dayna. No se lo esperaba de Kristopher.
Tras darle vueltas un segundo, se dio cuenta de que la idea le gustaba y asintió con la cabeza.
Asegurarse sus acciones y recuperar su dinero había encendido una nueva llama en Dayna: estaba decidida a devolverle la vida al Murray Group. Trabajar codo con codo con Kristopher parecía la forma perfecta de empaparse de auténtica sabiduría empresarial.
«Genial. Mañana vendrás a la oficina conmigo para firmar todo el papeleo», dijo Kristopher, echando un vistazo a su reloj. «Estoy hasta arriba de reuniones, pero esta noche sacaré tiempo para la fisioterapia».
Su respuesta fue rápida y firme. «Claro, me viene bien».
Ver cómo se las apañaba con una agenda apretada y aún así se comprometía con la rehabilitación hizo que Dayna sintiera un respeto silencioso por él.
Quizá Kristopher estaba realmente decidido a volver a ponerse en pie, en sentido literal y figurado.
Desapareció en su estudio, sumergiéndose en el trabajo, mientras Dayna deambulaba por la enorme y resonante casa.
Al sentir que el aburrimiento se apoderaba de ella, se escabulló al jardín en busca de aire fresco.
En el interior, todo rezumaba elegancia y minimalismo chic, pero fuera, el jardín era salvaje: rosas de todos los tonos brotaban por doquier, como un cuadro que cobrara vida.
Dayna no pudo evitar fijarse en el extraño contraste. A menos que Kristopher estuviera secretamente obsesionado con las rosas, aquel derroche de color no encajaba con el ambiente moderno de la casa.
Curiosamente, las rosas también eran su flor favorita.
Un banco de piedra la invitaba a sentarse, prometiéndole unos momentos de tranquilidad para ella sola, cuando de repente el nombre de Nell apareció en su teléfono, indicando una videollamada entrante.
En la pantalla, Nell parecía recién salida de una sesión de fotos: el pelo rubio peinado a la perfección, los labios rojos tan atrevidos como siempre, rebosante de carisma de estrella.
En cuanto se conectaron, Nell lanzó un beso al aire de forma dramática, haciendo gala de todo su encanto de diva.
«¿Y bien? Dime, cariño, ¿estoy arrasando con este nuevo estilo o qué?».
Los ojos de Dayna brillaron mientras sonreía. «¡Estás que te sales, Nell! De verdad, podrías dominar cualquier pasarela. Es casi injusto que te tengas que conformar con ser mi agente».
Poniendo los ojos en blanco en broma, Nell respondió con una sonrisa burlona: «Créeme, nena, podría arreglarme cien veces más y nunca acercarme a tu nivel. Nadie más puede lucir ese look de cara fresca y seguir acaparando toda la atención como tú. En fin, cuéntame: ¿qué tal es vivir con el famoso demonio de corazón de piedra, Kristopher?».
Ese apodo hizo que Dayna se diera cuenta de lo engañosa que podía ser una reputación.
«En realidad, Kristopher no se parece en nada a los rumores», dijo con voz sincera. «Es mucho más considerado y tranquilo de lo que la gente cree».
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