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Capítulo 104:
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Hasta ahora, Dayna siempre había culpado de todo a su padre, convencida de que él era la sombra que movía todos los hilos. Esa creencia alimentó años de intrigas despiadadas, llevándola a empujar a la familia Murray al borde de la ruina e incluso a cerrar acuerdos incómodos con Declan. Pero el documento que tenía entre las manos destrozaba todas sus viejas suposiciones.
Quizá la muerte de su madre no había sido obra de su padre después de todo.
Entonces, ¿quién era el responsable?
La vida de su madre había terminado cuando Dayna aún era una niña, con apenas diez años. La amargura brotó, oscureciendo su mirada. El remordimiento, la pena y una aguda sensación de injusticia se enroscaron con fuerza alrededor de su pecho, exprimiendo el aire de sus pulmones.
Kristopher la observaba, con la empatía grabada en lo más profundo de sus ojos. Extendió la mano, firme y en silencio: una oferta silenciosa de apoyo para evitar que se derrumbara bajo el peso de lo que había descubierto. Él había descubierto esos secretos hacía mucho tiempo, pero nunca había encontrado el momento adecuado para compartirlos.
«Tranquila. Respira», murmuró Kristopher, con la mano apoyada en su hombro tembloroso, su voz como una suave cuerda que la alejaba del abismo.
La emoción le oprimía la garganta a Dayna, haciendo que sus palabras sonaran entrecortadas mientras una sola lágrima trazaba un camino silencioso por su mejilla. Lo que más le dolía no eran solo las enredadas lealtades familiares, ni siquiera la agonía que su madre había sufrido en sus últimos días.
La última página de la pila contenía una fotografía. En ella, su madre era apenas reconocible: delgada y pálida, confinada a una cama de hospital, con una maraña de tubos saliendo de su boca. Dayna apenas podía conciliar a la frágil mujer de la foto con la belleza radiante que recordaba.
𝖭𝘰𝘷𝗲𝗹𝗮s 𝖼𝘩𝗂𝗇a𝗌 𝗍𝘳𝗮𝘥𝘂𝘤і𝘥𝘢s 𝘦𝗻 𝗇𝘰𝘃е𝗹aѕ𝟰𝗳𝘢𝗇.𝘤о𝗺
Más allá de la ventana, las hojas verdes y frescas se desplegaban en los árboles, ajenas al dolor. La frágil mano de su madre se cernía en el aire, buscando algo perdido, algo para siempre fuera de su alcance. Esa instantánea sería la última imagen que nadie capturaría de su madre.
Kristopher no dijo nada, solo permaneció al lado de Dayna, firme como un pilar, dejándola apoyarse en su fuerza silenciosa.
El tiempo transcurrió, indistinto, hasta que las lágrimas de Dayna finalmente cesaron. No era alguien que llorara a menudo. A diferencia de algunas personas que lloraban con sollozos ruidosos, el dolor de Dayna se desbordaba en silencio: cada lágrima que resbalaba por su mejilla era un testimonio mudo del dolor que sentía en su interior. Si Kristopher no la hubiera estado observando tan de cerca, quizá nunca se habría dado cuenta de que estaba llorando.
Su voz sonó ronca, con los ojos enrojecidos e hinchados. «¿Cómo te enteraste de todo esto? ¿Estás tratando de decirme que mi ira se ha dirigido hacia la persona equivocada todos estos años?».
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