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Capítulo 1:
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En el puente sobre el océano, dos coches corrían codo con codo por el asfalto resbaladizo, enzarzados en una persecución trepidante que parecía sacada de una película de acción.
Aferrándose al volante con todas las fuerzas que le quedaban, Dayna Murray ignoró el dolor punzante que le quemaba en lo más profundo del abdomen. Volvió a pisar a fondo el acelerador, impulsando el coche con toda su potencia.
Pero por el retrovisor, el vehículo de los secuestradores se acercaba cada vez más. La estaban alcanzando rápidamente. Unos segundos más y la sacarían de la carretera.
Solo tres horas antes, ella y Madison Reid habían sido secuestradas. Escapar había llevado a Dayna más allá de todos los límites, pero de alguna manera lo había conseguido. Lo que no esperaba era tanta persistencia. Los hombres les pisaban los talones, negándose a dejarlas escapar para siempre.
En el asiento del copiloto, Madison temblaba visiblemente, con la tez pálida como el papel. Su voz se quebró por el miedo. —Dayna, si muero aquí fuera, ¡Declan nunca te lo perdonará!
Dayna apretó con más fuerza el volante y le lanzó una mirada gélida. —Cállate.
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Calculando la distancia y la velocidad en su cabeza, tomó una decisión precipitada.
—Abre la puerta —ordenó con brusquedad—. Vamos a saltar.
Apenas las palabras salieron de su boca, ya estaba alcanzando la manilla de su propia puerta.
—¡No puedo! —la voz de Madison se elevó presa del pánico, con la respiración entrecortada—. Tengo miedo. ¡No puedo hacerlo!
—Pues quédate aquí y muere —siseó Dayna, con la mirada aguda e inquebrantable.
Más adelante, el puente trazaba una curva cerrada a la derecha justo cuando se acercaban a la salida del túnel.
«¡Salta ahora!», gritó Dayna.
No esperó. Soltó el acelerador y se lanzó desde el coche en marcha. Madison, temblando, saltó tras ella.
La curva fue cerrada y repentina, y su salto había pillado a los secuestradores completamente desprevenidos.
Se produjo un estruendo atronador cuando los dos vehículos chocaron, metal contra metal.
El cuerpo de Dayna golpeó con fuerza la carretera, dando vueltas y vueltas hasta que se detuvo resbalando, sin aliento. El dolor era cegador, como si sus huesos se hubieran hecho añicos bajo un peso enorme.
Y entonces llegó la explosión. Uno de los coches estalló en llamas detrás de ella, y la onda expansiva de la explosión la lanzó como a una muñeca de trapo.
Tosiendo, se agarró el pecho y tragó saliva con dificultad, haciendo que la sangre que le subía por la garganta volviera a bajar.
Entonces oyó el rugido sordo de un coche que se acercaba.
Dayna levantó la cabeza, con una tenue chispa de esperanza en sus ojos agotados. Era su marido, Declan Foster.
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