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Capítulo 320:
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En un ambiente tan solemne, le costaba imaginarse a Edward escribiendo algo tan poco serio. Se lo imaginaba sentado allí, rígido y sereno, escribiendo con cuidado esas palabras ridículas con total seriedad, y la imagen le pareció divertidísima.
La curiosidad la llevó a echar un vistazo a la papelera cercana, de donde sacó varias hojas arrugadas. En una ponía esto es tan molesto, en otra hoy hace un tiempo horrible, y en otra más mañana hay que levantarse temprano.
Olivia no pudo contener la risa ante aquella colección de garabatos totalmente sin sentido. Se reía tanto que ni siquiera se dio cuenta de que Edward ya había entrado en la habitación.
—¿Qué te hace tanta gracia?
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Edward se acercó y preguntó en voz baja.
—¡Oh! ¡¿Por qué sigues acercándote a mí a escondidas así?! —Olivia dio un respingo, sobresaltada, y el papel se le resbaló de la mano mientras se lo apretaba contra el pecho.
¿Cómo podía moverse este hombre sin hacer ni un solo ruido?
«Estabas demasiado absorta como para darte cuenta. Te llamé varias veces y no me oíste en absoluto». Edward esbozó una leve sonrisa, apoyándose en el marco de la puerta.
«¿Has escrito todo esto tú solo?» Olivia se sonrojó mientras contenía la risa, pensando en sus pequeñas obras maestras.
La expresión de Edward se ensombreció al instante. Murmuró con frialdad: «¿Es habitual en ti hurgar en la basura ajena?».
«No lo es», respondió ella con desenfado, «pero después de ver tus obras maestras, creo que podría empezar a hacerlo». Olivia no se percató de la sombra que se cernió sobre su rostro y siguió burlándose de él sin piedad.
«Aburrido». Edward la miró con ira y negó con la cabeza.
—Extremadamente aburrido —repitió Olivia, incapaz de contener la risa.
La humillación de Edward se mezclaba con la impotencia, lo que solo hacía que Olivia se riera aún más. Tanto que, de hecho, perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo.
—¡Jajaja… ay! —Se agarró el trasero, a medio camino entre la risa y el llanto, sin saber muy bien si eran el dolor o la diversión lo que le hacía llorar.
Edward, aún avergonzado, no pudo evitar suspirar. Dio un paso adelante y le tendió la mano.
«Vale, ya basta. Levántate. El suelo está helado. Si te resfrías, seré yo quien tenga que lidiar con ello más tarde».
Olivia le cogió la mano y, sin dejar de reír, le preguntó con un brillo pícaro en los ojos: «A ver, ¿te vas a levantar temprano mañana?».
La broma fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Edward. La agarró por la muñeca y la levantó bruscamente, atrayéndola contra su pecho.
Olivia lo miró, aturdida, con la sonrisa aún posada en los labios.
«¿Todavía te ríes?». Su voz, grave y cargada de intensidad, la envolvió, haciéndola estremecerse.
El aire entre ellos se volvió denso. Olivia se debatió, nerviosa.
«¡Suéltame!».
«¿No te estabas burlando de mí hace un momento? Pues adelante, ríete todo lo que quieras ahora». Edward no aflojó el agarre, manteniéndola firmemente en su sitio.
«El abuelo dijo que dormirías en la habitación de invitados. ¿Qué haces aquí? ¡Le diré que me estás acosando!», protestó ella, nerviosa.
«¿Ah, sí?», Edward alargó la palabra con evidente ironía. «Acabo de pasar media hora hablando con él sobre el trabajo. No recuerdo que dijera nada sobre que me quedara en otra habitación».
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