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Capítulo 212:
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La palabra «respeto» golpeó la mente de Edward como un hierro candente. La furia inundó sus ojos, como si alguien hubiera rociado con gasolina las brasas de su ira.
«¿Qué acabas de decir?», rugió, perdiendo por completo el control.
Antes de que Olivia pudiera reaccionar, Edward la arrastró al salón de reuniones. La puerta se cerró de un portazo con un estruendo ensordecedor y, en un instante, ella se encontró acorralada contra la enorme mesa de reuniones.
Con el rostro contorsionado por la humillación, Olivia gritó:
«¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!»
Edward se soltó la corbata de un tirón y la encerró entre sus brazos, atrapándola bajo su sombra dominante. Su mirada se posó sobre ella, corrosiva y fría.
«Dime, Olivia», escupió con desprecio, «¿siempre te tomas la vida con tanta compostura, exigiendo a los hombres que mantengan su dignidad… después de haberte acostado con ellos? «
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Incluso el propio Edward parecía sorprendido por la dureza de sus propias palabras, por el hecho de que aún arrastrara el recuerdo de aquella noche como un yugo del que no podía liberarse —ese «accidente» que, años después, seguía consumiéndolo por completo.
Olivia giró la cabeza hacia un lado, apoyando la mejilla contra la mesa para escapar de la intensidad de su mirada. Ese gesto no hizo más que avivar la irritación de Edward, intensificando su furia.
«Siento que lo que ocurrió aquella noche te haya marcado, o que te resulte insoportable recordarlo desde entonces», dijo ella, con voz contenida pero gélida. «Quizá te di una impresión equivocada, pero no siento absolutamente nada por ti, señor Campbell. No estoy haciéndome la difícil, así que, por favor, suéltame ya».
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«Muy bien…» Edward soltó una risa teñida de furia mientras su mano se deslizaba lentamente hacia su cintura. «Muy bien».
Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Olivia al sentir su tacto, haciéndola temblar de puro horror. Su rostro palideció.
«¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame!».
«¿No acabas de decir que este tipo de cosas no te importan?», replicó él, con cada palabra chorreando crueldad. «Entonces, ¿qué más da si ocurre una vez más?».
Olivia lo miró fijamente, incapaz de creer lo que estaba oyendo. El pánico se apoderó de ella y, desesperada, intentó zafarse con las pocas fuerzas que le quedaban. Daba patadas y se debatía, pero su débil resistencia era inútil frente al agarre aplastante de Edward.
Ese gesto de rechazo desató en él una furia instantánea. Nunca antes había prestado verdadera atención a una mujer y, ahora que lo había hecho, lo único que recibía a cambio era desprecio. La idea de que todo pudiera haber sido solo una ilusión le atormentaba y hería profundamente su orgullo.
De repente, un sonido agudo rompió el silencio. Una bofetada resonó en la sala de reuniones. Olivia, en un último arrebato de valor, había conseguido liberarse y le había abofeteado.
Edward se quedó rígido. El escozor de la huella de la mano en su mejilla le obligó a detenerse en seco. Olivia lo miró con ira, con los ojos ardiendo de rabia y desprecio.
«¡Cabrón!», escupió, empujándolo a un lado antes de salir corriendo de la sala presa del pánico y el desorden.
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