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Capítulo 203:
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Freddie se abrochó el cinturón de seguridad y sonrió, seguro de sí mismo.
«Me preocupaba que no pudieras encontrarme. No te preocupes, mi disfraz es impecable».
Olivia no tenía fuerzas para discutir sobre su «disfraz impecable», así que dejó pasar el tema.
Freddie, al ver los arañazos de la pequeña Emma, sintió una punzada de tristeza. Le cogió la mano con delicadeza y le preguntó con ternura:
«Mírate… tan triste. ¿Te duele mucho, Emma?».
La niña, abrochada en su sillita de coche, murmuró en voz baja:
«No…».
«Eres igual que tu madre, tan testaruda…»
𝖣𝖾𝗌𝖼𝖺𝗋𝗀𝖺 𝖯𝖣𝖥𝗌 𝗀𝗋𝖺𝗍𝗂𝗌 𝖾𝗇 𝗇𝗈𝗏𝖾𝗅𝖺𝗌𝟦𝖿𝖺𝗇.𝖼𝗈𝗆
Olivia le dio un ligero golpecito en la cabeza, molesta.
«¿A quién crees que le estás hablando así? Si Alayna no estuviera ocupada, ni siquiera serías tú quien nos recogiera. Ahora cállate y conduce».
El coche se alejó lentamente. A unos metros de distancia, un par de ojos agudos como los de un halcón observaban desde el interior de una furgoneta negra. El silencio en el interior era tan denso que se habría podido oír caer un alfiler.
El conductor tragó saliva con dificultad, tenso bajo la mirada gélida que lo taladraba a través del retrovisor.
«¡Ahh—!»
El grito agudo de Lucas rasgó el aire. Desde su sillita, daba patadas al azar, furioso al ver cómo el coche en el que viajaban Olivia y Emma desaparecía de su vista. Le dio una patada a la rodilla de Edward, abrumado por la frustración.
Edward lo miró fijamente con una mirada fría.
«¿No ves que ella tiene su propia vida? No puede estar a tu lado todos y cada uno de los días. Por mucho que montes un berrinche, eso no cambiará nada. Aunque quieras una madre, no puede ser ella».
Esas palabras, afiladas como cuchillas, dejaron al niño paralizado. Lucas, atónito y dolido, estalló en un llanto desconsolado, y sus sollozos llenaron todo el coche.
«Conduce», ordenó Edward con voz de acero, haciendo caso omiso de la rabieta de su hijo.
Ver a Olivia subir al coche de Freddie había encendido en su pecho una rabia ardiente y desconocida, una que lo consumía desde dentro. No entendía ese sentimiento, pero le atormentaba de todos modos.
Esa noche, de vuelta a casa, Emma se acurrucó en los brazos de su madre y preguntó, con inocencia infantil:
«Hace tiempo que no veo a Edward, mami… ¿os habéis peleado?»
La pregunta pilló a Olivia desprevenida.
«¿Te cae muy bien?»
Emma asintió con entusiasmo.
«Edward es muy guapo, y además es rico. Si estuvieras con él, serías feliz, mami».
Una punzada atravesó el pecho de Olivia, y frunció el ceño. Tras unos segundos de silencio, preguntó de repente:
«Si mamá te pidiera alguna vez que eligieras entre Edward y yo… ¿a quién elegirías?»
Emma la miró con los ojos muy abiertos, confundida.
«¿Por qué tendría que elegir? Os quiero a los dos. Tú eres mi mamá, él podría ser mi papá, y Lucas sería mi hermano».
Olivia la observó en silencio, conmovida y desgarrada a la vez. Entonces, con los labios temblorosos, dejó escapar la pregunta más dolorosa de todas:
«¿Y si Edward fuera tu padre biológico? Si quisiera llevarte con él… ¿a quién elegirías?».
Los ojos de Emma se abrieron aún más, atónitos.
«¿Edward… es mi papá?»
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