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Capítulo 182:
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«Olvídalo», le interrumpió Edward, haciéndole un gesto con la mano para que se marchara antes de volver a entrar en la habitación.
En la cama, sobre unas sábanas de color azul ahumado, Olivia yacía inmóvil, con el rostro relajado. No se parecía en nada a la mujer que, cuando estaba despierta, hablaba con tanta audacia y seguridad. Edward se sentó a su lado y la observó detenidamente. Se encontró recordando aquel momento en el ascensor, cuando ella había afirmado, sin el más mínimo atisbo de vacilación, que él era su novio. Una suave luz parpadeó en sus ojos. Esta mujer podía resultar abrumadora por su audacia y, sin embargo, cuando se mostraba vulnerable como ahora, era capaz de derretir la determinación de cualquiera.
Se inclinó un poco más hacia ella, deseando ver mejor su rostro. Y, casi sin quererlo, se encontró tan cerca que sus labios rozaron los de ella. Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas; las cortinas se hinchaban con el viento y, en la sombra proyectada sobre la pared, se dibujaba con perfecta claridad la silueta de un hombre besando a una mujer inconsciente.
Olivia sintió que se le hacía pesada la cabeza. Era como si flotara y se hundiera al ritmo de las olas, tal y como ocurre cuando uno cae al agua. A través de la neblina que nublaba su mente, percibió que alguien le arropaba con una manta y le cambiaba el paño húmedo de la frente por otro más fresco para bajarle la fiebre. Sabía que había alguien a su lado, pero no pudo evitar dejarse llevar por un sueño que había tenido muchos años atrás.
En ese recuerdo, su abuelo yacía moribundo de insuficiencia cardíaca. Ella, aún una niña, estaba acurrucada a su lado, sosteniéndole la mano —huesuda, surcada por venas prominentes—. Sus ojos, cargados de preocupación, la miraban mientras repetía, con la voz quebrada:
«Olivia, sé una buena niña cuando vuelvas a casa. Pero no tengas miedo de hacer lo correcto. Tu padre todavía te lleva en su corazón. Si alguna vez sufres… díselo. No se negará a ayudarte».
«Abuelo, no quiero irme. Te haré caso, ya no comeré tantos dulces…», sollozaba inconsolablemente la niña de las dos trenzas, sin comprender que él estaba a punto de dejarla.
De repente, se desató un alboroto en el hospital. Varios hombres y mujeres de aspecto hostil irrumpieron en la habitación. Una mujer corpulenta, con un peinado mal permanentado y un lujoso abrigo morado, chilló en cuanto posó la mirada en la niña:
«¡Pequeña maldita! Mataste a tu madre en el momento en que naciste, y ahora mírate, has matado a tu propio abuelo cuando apenas eres más que un bebé. ¿A qué esperáis todos ahí parados? ¡Sacadla de aquí! Cuanto más la miro, más náuseas me da».
«¡No… no quiero irme! ¡Abuelo, abuelo!». Dos adultos sacaron a rastras a la pequeña Olivia de la habitación. Mientras se retorcía, alcanzó a ver por última vez al anciano abriendo los ojos, intentando decir algo más, antes de que su delgada mano cayera inerte contra el costado de la cama.
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Las voces llenaron el pasillo:
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