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Capítulo 994:
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Al ver que él no cogía las llaves, las tiró sobre su escritorio con un fuerte tintineo.
Candice sacó un documento de su bolso, un acuerdo que había preparado para este momento. «Este acuerdo entre nosotros queda ahora sin efecto. Ya he pagado la suma», afirmó.
Los labios de Milton temblaron y extendió la mano para detenerla, pero era demasiado tarde. Nunca había querido romper todos los lazos con ella, aunque solo fuera una relación profesional.
Delante de él, Candice rompió el acuerdo por la mitad y lo tiró al suelo.
Los ojos de Milton, bajos, soportaban el peso de su corazón destrozado, fracturado sin esperanza de recuperación.
¿No era este el resultado que él había orquestado, con la esperanza de que ella rompiera sus lazos? Entonces, ¿por qué sentía como si su alma se hubiera sumido en un abismo de sufrimiento que ni siquiera la muerte podía igualar? Cada segundo que pasaba le costaba más respirar.
En un repentino arrebato de emoción, Candice levantó la mano y, con un movimiento rápido pero deliberado, se quitó el collar que adornaba su esbelto cuello. Lo lanzó hacia el apuesto rostro de él.
«El collar, Milton, puede que sea irrompible, pero recuerda que su conexión es muy frágil. El grillete del amor ahora yace en ruinas. A partir de este momento, ¡somos desconocidos!».
El frío metal descendió por la mejilla de Milton, y sus reflejos lo atraparon en la palma de la mano. Mientras apretaba el puño, sus nudillos revelaban la tensión, el tormento de recibir de vuelta todo lo que ella podía.
Se quedó allí, inflexible, con la nuez moviéndose como si tragara fragmentos de cristal con cada trago.
No había necesidad de echar más leña al fuego en ese momento. Sin pronunciar una palabra, Sigrid observaba la escena con actitud gélida. El rostro de Candice se sonrojó de ira. Luchó por controlar la respiración, negándose a sucumbir a la desesperación.
De repente, la mirada de Milton se posó en una marca roja en su garganta, dejada por el collar. Un hilo de sangre brotaba, y era inconfundible.
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«Estás sangrando», dijo, instintivamente extendiendo la mano para comprobar si estaba gravemente herida.
Candice se apartó, esquivando su contacto, y replicó con frialdad: «¡Ahórrate tu fingimiento!».
Retirado rápidamente la mano, Milton comprendió que no podía vacilar. Había elegido el camino de la ruptura despiadada y no debía dejar que sus emociones lo traicionaran.
Candice extendió la muñeca, mostrando la exquisita pulsera de jade esmeralda que brillaba con un valor incalculable.
Sacudió suavemente la pulsera y comentó: «En cuanto a esta pulsera, me la quedaré. Estoy harta de este juego interminable. Considéralo un regalo de despedida». Dicho esto, sonrió con sarcasmo, con un matiz de tristeza en su expresión.
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