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Capítulo 989:
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Con un movimiento rápido, Candice le arrebató el teléfono de la mano. Antes de que él pudiera reaccionar, le sujetó el cuello con ambas manos. Y entonces, lo besó.
«Me duele el corazón, anhelando el antídoto de tu beso», le susurró suavemente al oído.
Extendió las manos, envolviéndole firmemente el cuello, y dio el paso audaz para iniciar un beso apasionado. La timidez era solo un espectador; no era la primera vez que hacía algo así.
Milton se quedó mudo ante la repentina intimidad cuando sus labios se encontraron con los de ella, encendiendo un fuego que amenazaba con consumirlo por completo. Casi se derrumba bajo el peso de ese momento abrumador.
Incapaz de contenerse por más tiempo, respondió con un fervor solo comparable a su anhelo y deseo, y su conexión se descontroló.
Sintiendo la intensidad de su respuesta, Candice no pudo evitar esbozar una sonrisa cómplice. Se negaba a creer que él estuviera simplemente jugando con ella; no era una mujer que se dejara engañar fácilmente.
Su audacia creció al ver que no había ningún secretario y que la puerta de la oficina estaba cerrada. Envuelta en su ferviente beso, ¡se atrevió a aflojarle la corbata y desabrocharle el cuello de la camisa!
Milton, a punto de perder el control, le cubrió el cuello de besos y comenzó el meticuloso proceso de desvestirla, solo para toparse con una tenue cicatriz rosa en su pecho.
En ese instante, la realidad lo devolvió al precipicio. ¿Qué demonios había estado haciendo? Ella casi muere la última vez, y no podía imaginar las posibles consecuencias si volvía a recibir un golpe fuerte.
Recuperando el sentido, se apartó rápidamente, con el rostro enrojecido y la respiración entrecortada. Se puso apresuradamente la camisa y la corbata.
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Candice sintió su rechazo atravesarla como un escalofrío que le penetraba hasta lo más profundo. No podía creer que se marchara en ese momento. Parecía bastante firme en su decisión.
Milton logró recuperar la compostura como si los momentos anteriores hubieran sido borrados de la existencia. Su indiferencia la llenó de pánico y temor.
Mientras Milton se preparaba para marcharse, Candice le agarró la mano y le preguntó con voz temblorosa: «¿Qué pasa? ¿Por qué te has detenido? Sé que me deseas tanto como yo a ti».
Milton le soltó la mano con crueldad.
«Ya puedes irte. Te dejé claras mis intenciones la última vez. No quiero repetírmelas. Nuestra relación ha terminado. ¡Deja de perseguirme!». Milton volvió a su escritorio y reanudó la revisión de los documentos.
El corazón de Candice se hundió, y el peso de la desesperación de los últimos dos meses volvió a abrumarla. Rápidamente, se volvió a vestir, se dirigió directamente a su escritorio y se agarró al borde con ambas manos.
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