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Capítulo 292:
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—Simon —dijo con voz grave y amenazante—. Tengo una nueva tarea para ti. Quiero un informe completo y exhaustivo sobre los antecedentes de una mujer llamada Jewel Gilmore. Quiero saberlo todo: sus finanzas, su familia, su historia. Y Simon…
Hizo una pausa; la imagen de esos ojos grises y tormentosos le ardía en la mente.
—Quiero saberlo todo sobre la niña.
La pesada puerta de caoba del despacho del director general se cerró con un clic, sellando la habitación en un silencio denso y asfixiante.
August estaba sentado tras su enorme escritorio, con el perfil de Manhattan como una mancha fría y gris a sus espaldas. No miraba hacia la ciudad. Tenía la mirada clavada en la carpeta de manila abierta ante él. En su interior se encontraban los resultados preliminares de la investigación exhaustiva de Simon.
Cogió la fotografía que estaba encima. Era una instantánea, tomada con un teleobjetivo. Kayden Gilmore se reía en un parque infantil, con la cabeza echada hacia atrás y el pelo oscuro ondeando al viento. El pulgar de August se cernió sobre la imagen, trazando la línea de su mandíbula, la curva de su nariz. Era como mirarse en un espejo. Un espejo que reflejaba sus propias fotos de la infancia, aquellas que su madre guardaba en el ala este de la finca. El parecido no solo era sorprendente. Era impactante.
Dejó caer la foto sobre el escritorio; el sonido resonó nítido en la silenciosa habitación.
Simon permanecía rígido junto a la puerta, con la tableta apretada contra el pecho. «Los registros oficiales indican que Jewel Gilmore adoptó a la niña hace cinco años en una clínica privada del norte del estado de Nueva York. La información de los padres biológicos está fuertemente encriptada».
« «Cifrada», repitió August, con la palabra dejándole un sabor a ceniza en la boca. La yema de su dedo comenzó a dar unos golpecitos lentos y rítmicos contra la madera pulida del escritorio. Golpe. Golpe. Golpe. «Una mujer soltera, sin antecedentes de adopción, de repente consigue un bebé de una clínica que cifra sus archivos. ¿Te parece normal, Simon?»
«Me parece… inusual, señor», admitió Simon con cautela.
«Suena a mentira», corrigió August, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo peligroso. Pensó en Elisa en aquel pasillo del colegio. La forma en que se había interpuesto delante de la niña, con su cuerpo a modo de escudo. El terror crudo y primitivo en sus ojos cuando él había tocado el hombro de la niña. Aquello no era el instinto protector de una amiga de la familia. Era una osa defendiendo a su osezno.
Hi𝘴𝘁𝘰rі𝖺𝘴 𝗾𝗎𝗲 𝗇𝗼 𝗉𝗈𝗱𝘳á𝘴 𝗌𝗼l𝘵а𝗋 𝘦𝗇 𝗇о𝗏e𝗹а𝘀𝟰f𝘢𝗇.𝖼om
» «No te andes con rodeos», ordenó August, alzando bruscamente la mirada para clavar a Simon en el sitio. «No me importan las leyes de privacidad ni las normas de la HIPAA. Usa los canales extraoficiales. Quiero que descifres esas claves de encriptación. Tienes cuarenta y ocho horas».
«Sí, señor». Simon se dio la vuelta y se marchó, y la puerta se cerró con un clic tras él.
August volvió a coger la foto. Los ojos grises de la niña lo miraban fijamente, llenos de alegría inocente. Una sensación fría y que se le retorcía en las entrañas. Era una mezcla de furia, por haberle mentido, por haberle mantenido en la ignorancia, y algo más. Algo oscuro y posesivo que le arañaba el pecho. Su hijo. Posiblemente de su propia sangre, corriendo por Nueva York, llamando «mamá» a otra mujer, mientras a él le mantenían en la ignorancia como a un tonto.
Se guardó la foto en el bolsillo interior de la chaqueta del traje, cerca del corazón.
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