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Capítulo 249:
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Era la muestra de afecto falso más vacía y repugnante que jamás había presenciado.
Elisa no cogió el tenedor.
Alargó la mano hacia su vaso de cristal y dio un sorbo lento y elegante de agua helada, enjuagándose de la boca el sabor de aquella sala.
Giró la cabeza y se encontró con la mirada falsa y cariñosa de August.
Elisa sonrió. Era una sonrisa aterradoramente vacía y sin vida.
—Tu actuación está fallando, August —susurró, con una voz tan baja que solo él podía oírla—. Desde que dejaron a mi madre pudriéndose en esa sala, el olor a trufas blancas me provoca náuseas violentas. Me recuerda a la descomposición.
La sonrisa perfecta y cariñosa de August se congeló al instante. Los músculos de sus mejillas se contrajeron. Un destello de rabia pura y humillada se encendió en sus ojos al ver cómo su grandioso y romántico gesto era espantado sin esfuerzo, como si fuera una mosca muerta.
Bajó lentamente la mano, obligado a tragarse el sabor amargo de su propia manipulación fallida.
El rechazo de la trufa flotaba en el aire entre Elisa y August, una nube silenciosa y tóxica que solo ellos podían sentir. El resto de los comensales reanudó su comida tranquila y tensa, con el tintineo de los cubiertos enmascarando la muerte del matrimonio.
De repente, la enorme pantalla de plasma situada al fondo del comedor se encendió de golpe.
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Spencer Chambers, el primo menor de August que dirigía la división de Londres, apareció en la pantalla. Spencer era el único miembro de la familia que despreciaba el deporte sangriento corporativo. Llevaba un jersey informal y sostenía una copa de champán.
«¡Feliz Año Nuevo, familia!», resonó la alegre voz de Spencer a través del sonido envolvente de la sala.
Saludó a los mayores y, a continuación, sus ojos recorrieron las imágenes de la cámara que enfocaban la mesa. Sonrió cálidamente al ver a Elisa.
—¡Elisa! Me alegro mucho de verte —exclamó Spencer, con auténtico respeto en la voz—. He leído los informes preliminares sobre la integración de la IA de Aethel. Tu trabajo de arquitectura es brillante. Asegúrate de descansar un poco este fin de semana; tú eres la que llevas todo el peso de ese proyecto.
Era la primera vez en toda la noche que alguien se dirigía a Elisa como a un ser humano, reconociendo su inteligencia en lugar de su condición de mero accesorio.
Elisa sintió una minúscula pizca de calidez en el pecho. Dirigió a la pantalla un pequeño y cortés gesto de asentimiento.
A la cabecera de la mesa, Germaine dejó lentamente su copa de vino sobre la mesa. El sonido fue seco.
—Spencer es demasiado generoso —dijo Germaine, con voz fría que resonaba en la amplia sala. No miró a la pantalla; miró directamente a Elisa.
«La obsesión de una mujer por su carrera es una enfermedad moderna», afirmó Germaine, clavando en Elisa una mirada de juicio implacable. «Como esposa del patriarca de los Chambers, tu deber principal es garantizar la continuidad del linaje, no jugar con ordenadores mientras el legado familiar se estanca».
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