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Capítulo 244:
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August salió al pasillo. Estaba solo. Se había quitado el traje manchado de café y ahora llevaba un grueso jersey de cuello alto de cachemira negra. En el dorso de su mano derecha, un apósito médico estéril de un blanco inmaculado cubría la quemadura.
Ambos se quedaron paralizados.
El estrecho pasillo los obligó a una proximidad inmediata y asfixiante. El aire entre ellos se convirtió al instante en plomo pesado y tóxico.
August bajó la mirada de inmediato. Se dio cuenta de que Elisa apoyaba con fuerza la pierna izquierda. Vio sus nudillos pálidos y exangües aferrándose a la pared, y la rigidez antinatural de su postura.
La recuerdo físico de su hombro golpeando con fuerza su pecho destelló en su mente.
Una oscura e incómoda sensación de retorcimiento se encendió en el pecho de August: una rara y invasiva punzada de culpa que él despreciaba por completo. Era un hombre que nunca se disculpaba, pero ver el daño físico que le había infligido a su pequeña figura hizo que su armadura se resquebrajara.
August dio un paso lento hacia ella.
«¿Cómo tienes la espalda?», preguntó. Su voz era baja, despojada de su habitual arrogancia burlona, y transmitía un tono rígido y torpe de auténtica preocupación. « Puedo hacer que el médico privado vaya a tu suite y te eche un vistazo».
Elisa contuvo la respiración. Levantó lentamente la barbilla y miró al hombre que, apenas treinta minutos antes, la había tratado como una amenaza física que había que neutralizar.
No respondió a su pregunta. En su lugar, sus ojos negros y sin vida se desviaron hacia abajo.
Se quedó mirando fijamente su mano derecha.
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Justo en el borde del apósito médico de un blanco inmaculado, marcado claramente sobre el tejido estéril, había un semicírculo carmesí brillante.
Era una huella reciente de pintalabios.
Allena le había besado la mano vendada en la sala médica, marcando su territorio, interpretando el papel de la amante devota y desconsolada.
La tinta roja brillante parecía una gota de sangre fresca sobre la nieve. Era la prueba absoluta e innegable de su intimidad.
La visión de esa huella de labios actuó como una inyección de adrenalina directamente en el corazón de Elisa. El dolor físico en su columna vertebral se desvaneció, sustituido por una oleada de puro y absoluto asco. Su culpa era una broma. Su preocupación era una moneda barata y sin valor que intentaba lanzar a un mendigo.
Los labios de Elisa se curvaron en una sonrisa gélida y afilada como una navaja. Dio deliberadamente medio paso hacia atrás, saliendo de su sombra.
—No se preocupe por mí, señor Chambers —dijo Elisa. Su voz era una hoja plana y helada—. Los parásitos como nosotros tenemos la piel increíblemente gruesa. Sobrevivimos.
Le devolvió a la cara sus propias palabras, las que había pronunciado en el vestíbulo.
August apretó la mandíbula al instante. La culpa se evaporó, sustituida por un ardiente destello de ira defensiva. Odiaba que le devolvieran como un espejo su propia crueldad.
Se acercó un paso y extendió la mano para agarrarla del brazo. «Deja de hablarme así. Lo que pasó en la sala de reuniones fue un reflejo. No era mi intención hacerte daño».
Elisa giró bruscamente el torso, esquivando su contacto. Se quedó mirando la huella roja de los labios en la mano de él con evidente repugnancia.
«Un reflejo», repitió Elisa, con la voz chorreando veneno. «Tu instinto más profundo y primitivo fue sacrificar mi cuerpo para proteger el de ella. Eso no fue un accidente, August. Fue la expresión más pura de quién eres exactamente».
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