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Capítulo 25: (FIN)
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«Espero que Maren Holloway obtenga lo que verdaderamente desea.»
Su voz se quebró en desea. No de forma dramática: solo una pequeña fractura, una grieta en los cimientos de una palabra que cargaba más peso del que fue construida para soportar. Y entendí, con la claridad repentina y total que solo llega en el mismísimo final de las cosas, que esta oración no era un deseo casual. Era un proyecto. Una hazaña de ingeniería. La fuerza concentrada del amor entero de un hombre, dirigida al universo como un rayo de luz apuntado a una estrella muy específica.
Miré el calendario en la pared detrás de él. La fecha era anterior a mi muerte.
Y entonces —como una cerradura haciendo clic al abrirse, como la última pieza de un rompecabezas deslizándose en su lugar, como el momento en que lees la última oración de un libro y de pronto entiendes lo que significaba la primera— todo cobró sentido.
Mi alma no se había elevado inmediatamente después de mi muerte. Se había quedado. Se mantuvo atada al mundo, encadenada a Dominic, obligada a presenciar su duelo, su culpa y su lento y miserable desmoronamiento, y yo había asumido que era un castigo. Una maldición. La forma que tenía el más allá de hacerme ver el desastre que dejé atrás.
Pero no fue cosa mía. Fue de Jasper.
Su oración —dicha antes de que yo muriera, dicha con toda la fuerza de un amor que nunca fue declarado y nunca disminuyó— había llegado a cualquier poder que gobierna el tráfico entre este mundo y el siguiente, y había hecho una petición. No para él. Para mí. Quería que yo viera a Dominic arrepentirse. Quería que presenciara el amor que llegó demasiado tarde. Quería que tuviera lo que me fue negado en vida: la prueba de que había importado.
El deseo de Jasper era que yo fuera amada. Incluso póstumamente. Incluso por un hombre que no me merecía. Porque Jasper entendía algo que Dominic nunca entendió: a veces las personas que amamos necesitan cierre más de lo que nos necesitan a nosotros.
Mi propio deseo, resultó, era más simple. Tan simple que cabía en la palma de una mano, tan pequeño que daba casi vergüenza admitirlo, dada la magnitud de todo lo que había pasado:
Quería vivir en paz. En una ciudad tranquila. Con alguien que me amara —no como reflejo de alguien más, no como suplente, no como un proyecto o una posesión o una segunda opción— sino como yo. Solo yo. Maren. Hasta que envejeciéramos. Hasta que envejecer juntos fuera el punto, no la espera.
Era un deseo tan pequeño. Del tipo de deseo que la mayoría de la gente ni se molesta en pedir porque asume que ya viene incluido en el paquete básico de estar viva. Un hogar. Una persona. Un amor sin condiciones, sin cláusulas, sin letra chiquita.
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Nunca lo obtuve. Pero desearlo —saber exactamente lo que quería, decirlo con claridad, sin disculpa— se sintió como su propia forma de llegar.
La luz me jalaba ahora. Suave, insistentemente, como una corriente jala a una hoja. La dejé.
Pero antes de irme —antes de que la calidez me tragara por completo y el espejo se disolviera y el mundo que conocí se convirtiera en un recuerdo que hasta los fantasmas olvidan— miré a Jasper una última vez.
Seguía arrodillado. Seguía rezando. Sus ojos seguían cerrados, sus manos seguían entrelazadas, su amor seguía irradiando hacia afuera como el calor de un fuego que se niega a apagarse. Y quise decirle… quise tan desesperadamente atravesar el vidrio y la luz y la distancia imposible entre los vivos y los muertos y decir:
Gracias.
Gracias por sacarme de ese hospital. Gracias por la lápida y la vista al mar y el cementerio en la colina. Gracias por recordar mis platillos favoritos y mis deseos dichos al vuelo y las cosas pequeñas y olvidables que dije que resultaron ser las cosas más verdaderas de mí. Gracias por amarme en silencio, durante años, sin pedirme jamás que te amara de vuelta. Gracias por hacer que mi juventud no fuera tan mala.
Espero que, sin mí en tu vida, puedas dejar el pasado atrás. Espero que encuentres a alguien que te vea —que realmente te vea— como tú me viste a mí. Alguien que se quede. Alguien que diga gracias mientras todavía esté viva para decirlo.
No pude decir nada de eso. La luz era demasiado brillante. La distancia era demasiado grande. Y las palabras, como todo lo demás en mi vida, llegaron un momento demasiado tarde.
Pero me gusta pensar que me escuchó de todas formas. Como siempre me escuchó. No las palabras, sino el significado debajo. Lo silencioso. Lo verdadero. El deseo susurrado una vez y recordado para siempre.
La luz me llevó.
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Fin
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Nota de Tac-K: Linda mañana queridas personitas. Dios les ama y Tac-K les quiere mucho. (๑>◡<๑)
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