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Capítulo 997:
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El recuerdo del accidente pasó por la mente de Maisie. Tenía la intención de matar a Jenessa, pero en su lugar, Ryan, el hombre al que amaba tan profundamente, había quedado atrapado en el fuego cruzado.
La culpa de haberle hecho daño la había atormentado desde entonces, pero su odio por Jenessa ardía más que nunca. Si no hubiera sido por Jenessa, Ryan nunca habría resultado herido. ¡Todo fue culpa de Jenessa!
Los labios de Lydia se curvaron en una sonrisa pícara, su voz suave y persuasiva.
«Maisie, entiendo cuánto quieres a Ryan y cómo siempre has soñado con estar a su lado. Déjame asegurarte que mi odio está dirigido únicamente a Jenessa, no a Ryan. De hecho, nuestros intereses coinciden. Las dos queremos que Jenessa desaparezca».
Los ojos de Maisie brillaron de odio con la mera mención de Jenessa, y no dudó en declarar: «¡Puedo hacer cualquier cosa! ¡Mientras Jenessa muera, haré lo que sea necesario!
Lydia levantó una mano, cubriéndose ligeramente la boca con una risa que rezumaba falsa amabilidad.
—Oh, no hay necesidad de que pagues ningún precio, querida. Ya has soportado suficiente dolor. Lo que tengo ahora es un plan perfecto, uno que no solo traerá a Jenessa un sufrimiento inimaginable, sino que también asegurará tu lugar al lado de Ryan, para siempre.
La respiración de Maisie se aceleró al oír las palabras de Lydia, y la esperanza surgió en su pecho.
«¿De verdad? ¿Puedo estar con él para siempre?», preguntó, con la voz temblorosa por el deseo desesperado.
La sonrisa de Lydia permaneció en sus labios, pero la sombra en sus ojos delataba su intención manipuladora.
«Por supuesto que es verdad», ronroneó, con un tono suave pero rebosante de sutil dominio.
«¿Por qué otra razón habría hecho tanto para darte una nueva identidad a través de la cirugía?».
Su mirada se posó en las capas de vendas que aún envolvían el rostro de Maisie, arqueando las cejas con calculada curiosidad.
«Hablando de eso, aún no has visto los resultados, ¿verdad?».
«No», murmuró Maisie, sacudiendo la cabeza, con la voz apenas por encima de un susurro. Sus ojos revelaron un destello de pavor, un miedo a lo desconocido que le carcomía las entrañas.
Los recuerdos de un dolor insoportable aún la atormentaban: noches en vela lidiando con un dolor implacable, con el rostro hinchado hasta quedar irreconocible.
Las historias de cirugías fallidas resonaban en su mente, amplificando su terror. No habría consentido esta transformación si no fuera por el férreo control que Lydia ejercía sobre ella, sin dejarle más opción que obedecer.
Lydia soltó una suave risa, con un tono a la vez divertido y desdeñoso.
«El médico mencionó que los vendajes podrían haberse retirado hace dos días. ¿Qué tal si revelamos los resultados ahora y presenciamos juntos la obra maestra del médico?».
Antes de que Maisie pudiera protestar, Lydia hizo un gesto para que entrara un asistente.
La aguda eficiencia del movimiento hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Maisie.
Se quedó paralizada, respirando con dificultad mientras el sudor frío humedecía sus palmas. Con los ojos bien cerrados, sintió cómo cada constricción cedía lentamente.
El tiempo parecía prolongarse sin fin mientras el silencio llenaba la habitación.
Podía oír los pasos alejándose, dejando solo a ella y a Lydia. Lydia estaba de pie detrás de Maisie, su figura recortada en el espejo. Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa triunfante, sus ojos brillaban de satisfacción.
—¿De qué tienes tanto miedo? —Su voz se deslizó a través de la tensión como la seda sobre el acero.
—Abre los ojos. Compruébalo tú misma.
Maisie sintió su aliento rozar su piel recién descubierta y, vacilante, abrió los ojos, tragando saliva ante el nudo que se le formaba en la garganta.
Al instante siguiente, su mirada se fijó en el espejo que tenía delante, y lo que vio le hizo hundir el corazón. Un rostro increíblemente familiar la miraba fijamente, un rostro que ella despreciaba.
Un grito ahogado se escapó de sus labios, con los ojos muy abiertos por la incredulidad.
El reflejo en el espejo parecía reflejar su sorpresa, como si la persona que había allí no fuera un reflejo, sino la propia Jenessa en persona.
«¡Jenessa!», gritó Maisie, con la voz temblando de pánico.
¿Por qué… por qué me parezco a Jenessa?
Sus manos temblorosas se alzaron para tocarse la cara, los dedos rozando los delicados rasgos que le parecían extraños pero reales.
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