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Capítulo 82:
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Jenessa respiró hondo y se preparó para parar un taxi. Fue entonces cuando unas sombras oscurecieron de repente su camino. Unos rufianes borrachos se materializaron ante ella, con las miradas lujuriosas manchadas por el brillo de la embriaguez y las caras enrojecidas de forma antinatural.
«¿Adónde vas, preciosa?», farfulló uno, fijando en ella una mirada depredadora que le puso la piel de gallina.
El corazón de Jenessa se aceleró mientras retrocedía tambaleándose, maldiciendo su propia falta de conciencia. Con las calles desiertas, su situación se volvió cada vez más peligrosa. Al intentar escapar, se encontró con que su camino estaba bloqueado una vez más.
«¡Eh! ¡No hay necesidad de salir corriendo!», se burlaron los rufianes, sus ojos merodeando sobre su figura. Uno avanzó, atreviéndose a alcanzar su cintura.
—Cariño, ¿por qué deambulas sola por la noche con ese vestido? Es arriesgado. ¿Por qué no te unes a nosotros? Cuidaremos de ti.
Un frío temor se apoderó de Jenessa. Se quedó paralizada, con recuerdos de la cara brutal de Tucker invadiendo sus pensamientos. Le subieron las náuseas, se le encogió la garganta y su cuerpo tembló incontrolablemente. La desesperación palideció su rostro cuando la sucia mano del rufián se acercó. Apretando los dientes, agarró su bolso con determinación, preparada para defenderse.
Entonces, de la nada, un brazo fuerte irrumpió en la confusión. Agarró la mano del rufián y se la rompió sin esfuerzo. El grito del rufián rompió la noche, sacando a sus compañeros de su estupor.
Al momento siguiente, Jenessa se encontró a salvo en un cálido abrazo.
Pronto resonó sobre ella una voz familiar, hirviendo de furia.
«¿Estáis buscando problemas?».
Jenessa necesitó unos segundos para recuperar la compostura. Levantó la vista, con una expresión de puro asombro. La luz intermitente bailaba en el rostro de Ryan, evocando una profunda emoción en ella.
El rufián, retorcido de dolor, miró a Ryan con odio y escupió al suelo.
«¿Quién coño eres tú? ¡Cómo te atreves a interferir! ¡Estás buscando la muerte!».
Ryan, que sostenía a Jenessa de forma protectora, con expresión de acero, replicó con una sonrisa escalofriante: «Estabas a punto de agredir a mi esposa. Ahora, pregúntate a ti mismo, ¿quién está realmente buscando la muerte?».
La autoridad en la voz de Ryan y su postura imponente hicieron que los rufianes se detuvieran. No esperaban encontrarse con el marido de Jenessa en esta calle desierta.
Al darse cuenta de que Ryan estaba solo contra ellos, recuperaron rápidamente la confianza.
«Eh, eres muy atrevido, ¿no?», se burló uno de los rufianes.
«No importa quién seas, hoy te has metido con la gente equivocada. ¡Ni un milagro podría salvarte ahora!». Se acercaron a Jenessa y Ryan, con una sonrisa venenosa.
«Chica, te daremos una paliza tan fuerte que ni tu propia madre te reconocerá. Y después, nos turnaremos con tu mujer».
El terror se apoderó de Jenessa; temblaba violentamente, apretando con fuerza el brazo de Ryan. Susurró con voz ronca: «Ryan, ¡debemos huir!».
La respuesta de Ryan fue una suave risita.
La sujetó con firmeza por los hombros.
«¿Correr? ¿Desde cuándo es ese estilo?».
Los ojos de Jenessa se abrieron de par en par alarmados, su voz apenas un susurro.
«Por favor, no seas imprudente. Son demasiados».
Ryan, silencioso y resuelto, se quitó la chaqueta de sastre y se la entregó.
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