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Capítulo 469:
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«No», respondió Jenessa suavemente, sacudiendo la cabeza lentamente.
Ryan suspiró aliviado, extendiendo la mano para ayudarla a levantarse.
«¡Ay!», exclamó Jenessa de repente.
Ryan entró inmediatamente en pánico.
«¿Qué pasa?»
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Tras un momento de búsqueda, Jenessa localizó el origen de su incomodidad. Era un mechón de su pelo atrapado en los botones de la camisa de Ryan.
—Tengo el pelo enredado.
—Lo siento. He sido un descuidado —murmuró Ryan.
Jenessa se encontró apretada contra él en el estrecho asiento trasero del coche.
«No pasa nada. Solo tengo que quitarte el pelo del botón», respondió, sintiendo cómo su rostro se calentaba cada vez más.
«No… no te muevas», susurró, tratando de mantener la compostura.
Colocó la mano en el cuello de Ryan, rozando su cuello con los dedos. Su cálido aliento le hizo cosquillas en la oreja y en la nuca, haciéndola estremecer.
Su piel se puso roja. Se mordió el labio nerviosamente, sintiendo que sus fuerzas menguaban con cada segundo que pasaba.
Respiró hondo, reuniendo el valor para acercarse a él. Al hacerlo, su dedo rozó accidentalmente su nuez.
«Mmm». Ryan dejó escapar un gemido bajo y sensual.
El olor y el aliento de Jenessa le resultaban embriagadores. Ryan intentó contener el creciente deseo que sentía en su interior, pero cada vez le resultaba más difícil.
La pierna de Jenessa estaba apretada contra él en aquel espacio tan reducido, y ella estaba tan concentrada en desenredarse el pelo que no se dio cuenta de su expresión cada vez más tensa.
Le empezó a doler el brazo por la incómoda posición y se movió ligeramente, rozando accidentalmente el muslo con algo duro.
Los ojos de Jenessa se abrieron de par en par, sorprendida.
—¡Ryan! ¿Qué demonios? ¿Cómo puedes excitarte en un momento como este? —siseó.
Ryan exhaló profundamente, con un rastro de impotencia mezclado con lujuria en sus ojos.
—Lo siento —dijo, con voz baja y áspera—.
Yo tampoco quiero esto, pero… es una reacción natural sobre la que no tengo control.
Jenessa se quedó sin habla.
Durante sus tres años de matrimonio, Jenessa había sido muy consciente de lo fuertes que eran los deseos de Ryan. Sus palabras le recordaron las noches salvajes que habían compartido, dejándole la boca seca y el corazón acelerado.
La vergüenza se apoderó de ella, y cuanto más nerviosa se ponía, más difícil le resultaba desenredar su pelo del botón.
«¡No puedo quitarte el pelo del botón!», dijo Jenessa impotente, buscando a tientas en su bolso.
«Tendré que cortarlo con unas tijeras».
Ryan no quería que Jenessa perdiera nada, ni siquiera unos pocos mechones de pelo. Frunció el ceño y le tomó la mano con delicadeza.
—No necesitas las tijeras —susurró.
Con eso, Ryan tiró con fuerza del botón, haciéndolo saltar de la chaqueta del traje y dejándolo caer sobre la alfombra.
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