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Capítulo 73:
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Los labios de Harlee se curvaron en una sutil sonrisa, apreciando la ironía de la dureza exterior de Brenton que enmascaraba su lado más suave. El precio ya estaba muy por encima de su valor real.
«Quinientos veinte millones, a la una…»
«Setecientos millones». La interjección abrupta cortó la tensión en la sala como un cuchillo afilado.
El subastador, momentáneamente sorprendido, recuperó la compostura rápidamente y declaró rotundamente: «¡Setecientos millones, una vez!».
La sonrisa de Harlee se congeló, sus ojos se dirigieron rápidamente hacia el origen de la voz.
Una figura era apenas discernible detrás de una cortina negra en el lado opuesto de la sala.
A pesar de la barrera, Harlee podía sentir una mirada intensa y casi tangible sobre ella, y había una sensación sutil, casi familiar.
Entrecerró ligeramente los ojos.
Brenton levantó bruscamente la cabeza, con una mirada aguda y calculadora.
Había investigado meticulosamente la capacidad financiera de todos los competidores presentes. Ninguno debería haber tenido más dinero que él. ¿Quién se atrevía a desafiarlo?
«¡Setecientos cincuenta millones!», replicó Brenton en voz alta, lanzando el guante.
Sin embargo, en el momento en que habló, un miembro del personal encargado de supervisar la puja se acercó con expresión de arrepentimiento.
—Lo siento, señor, pero el sistema muestra que su depósito previo es de solo setecientos millones.
—Haré que alguien traiga los fondos adicionales más tarde.
Por ahora, solo registre la puja —respondió Brenton con urgencia.
El miembro del personal parecía preocupado.
—Lo siento, señor, pero nuestras reglas nos obligan a no aumentar el depósito de forma temporal para mantener la equidad.
Mientras tanto, la voz del subastador resonaba por el salón, anunciando la segunda llamada.
Brenton frunció el ceño profundamente, frustrado.
—¿De verdad va a rechazar el dinero adicional? Puedo aumentar mi oferta en quinientos millones.
El miembro del personal vaciló, luchando por encontrar las palabras.
En ese momento, la voz tranquila de Harlee rompió la tensión.
«Brenton, déjalo estar». Parecía que el destino estaba en juego. Quizá no debería aferrarse al pasado.
«¡No, no puedo aceptarlo!». Brenton recordó la súplica anterior de Harlee, se puso de pie desafiante y llamó a un postor al otro lado de la sala: «A la persona de allí, si me entrega el broche, le doblaré el precio. ¿Qué me dice?».
Un hombre con el rostro lleno de cicatrices se volvió para consultar a alguien escondido detrás de la cortina.
Tras un breve asentimiento, se volvió hacia Brenton y respondió con frialdad: «Lo siento. Mi amo ha puesto sus ojos en este broche.
Aunque me ofreciera diez veces la cantidad, no se dejaría convencer».
Las manos de Brenton se tensaron en puños cerrados, sorprendido por el inesperado giro de los acontecimientos.
La voz del subastador resonó por la sala, anunciando la tercera llamada.
Justo cuando la tensión parecía disiparse, Harlee se levantó de la silla, indicándole a Brenton que era hora de irse.
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