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Capítulo 57:
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El padre de Marianne quería que su hija se volviera independiente, así que le había comprado una finca para que sacara su propia producción de vino, pero el lugar estaba desolado, la tierra árida y las plantas que aún vivían necesitaban de atención. Marianne no estaba acostumbrada a trabajar, sus manos también eran de seda y no entendía mucho del negocio. Su vida había girado alrededor del ballet y ahora que rebasaba los treinta ya no era tan requerida en los espectáculos como cuando tenía veinte.
“No puedo ofrecer mucho… salvo alojamiento en la finca y comida todos los días. Espero que con el tiempo y cuando lleguen las ganancias, pueda darles un sueldo digno, pero… no puedo asegurarles que eso pase”, dijo Marianne con tristeza y retorciendo sus dedos en el borde de su blusa
“Lo siento, en verdad estoy desesperada… “.
Frida y Hugo se vieron cara a cara. No era lo que esperaban, pero no es que tuvieran muchas opciones.
“Creo que podríamos aplicarnos y hacer algo por este lugar”, dijo Hugo y volteó hacia las hectáreas de tierra seca frente a él.
“Aunque no tengo ni idea de agricultura ni de siembra de vid”.
“Bueno… estamos jodidos, pero juntos”, dijo Frida con una sonrisa patética.
De inmediato Marianne se abrazó a su amiga.
“¿Eso significa que me ayudarán?”, preguntó ansiosa.
“En lo que podamos. Te recuerdo que no sabemos nada de este negocio”, dijo Frida sonriéndole con pesar y estrechando con cariño a su vieja amiga.
“¡No importa! ¡Con que no me dejen morir sola me conformo!…”, exclamó Marianne y se abrazó con más fuerza a Frida, provocando su risa.
Por primera vez reía en mucho tiempo. Su amiga era como un cachorro perdido y bajo la lluvia, siempre daba esa impresión.
“Además, no estaremos solos, mi hermano mayor nos ayudará, él ha trabajado con mi padre muchos años”, exclamó emocionada en el momento que Gerard atravesó el umbral.
“¿Frida?”, preguntó el apuesto joven al verla.
“¡¿Gerard?! ¡Cómo has crecido!”, exclamó Frida parándose frente a él, apenas le llegaba a la nariz, era casi tan alto como Román.
“Me gustaría decir lo mismo, pero creo que, en tu caso, estás igual”, agregó entre risas y sacudió el cabello de Frida como si fuera un cachorro.
“¡Qué emoción! ¡Ahora puedo ver todo con optimismo!”, exclamó Marianne.
“¿Cómo se llamará nuestra marca? ¡Quiero que lleve nuestros apellidos!”.
“¿Nuestros apellidos? ¿Sorrentino y Raig?” preguntó Hugo echando a volar su imaginación.
“¿Vino Sor- Ra?”
De pronto abrió los ojos con sorpresa al entender lo que había dicho, su ocurrencia había hecho reír a todos.
“No, pésima idea”.
‘¿Vinos Ra-Sor?’, pensó Frida y sonrió.
“Suena mejor que Sor-Ra”, dijo Gerard aun riendo.
“Vinos Raizor”, dijo Marianne emocionada. El nombre le había encantado.
Los meses volaron y los hombres de Román, así como los de Marco, no eran capaces de seguirles la pista a los hermanos Sorrentino.
Habían seguido el rastro del Lamborghini y las joyas vendidas. Sabían que habían salido de la ciudad, pero los perdieron en cuanto encontraron el Civic abandonado a mitad de carretera. Era como si la tierra se los hubiera tragado.
Ambos hermanos estaban desesperados, era una carrera implícita entre ellos, el premio era Frida y no dejaban de esforzarse, pero el tiempo siguió pasando y cada intento se volvía menos útil.
Román había detenido el proceso de divorcio, el papel desapareció en las oficinas, había terminado en la trituradora. Estaba tentado a llamar a la policía, hacer que cada rincón fuera inspeccionado por la misma, pero si Marco se enteraba del paradero de Frida antes que él, se arrepentiría por siempre.
“Román, lo lograste…”, dijo Benjamín con orgullo
“Ese es mi muchacho”.
“No, yo no lo logré… tú lo hiciste… supiste como manipularme con una mujer…”.
“Esa no fue mi intención, hijo”, respondió con tristeza.
“¿No la has encontrado?”.
“No, pero ¿eso te interesa? Lo único que querías era la petrolera Tizo, ya es casi nuestra…”.
“¿Me has perdonado, Román? Después de todo, aunque jugué sucio, te ayudé a encontrarte con ella. ¿No merezco tu benevolencia?”.
“La presencia de Frida en mi vida ha hecho que mi mundo se ponga de cabeza y me ha causado un dolor muy profundo, uno que no tolero. Por las noches abrazo sus vestidos y los olfateo buscando un rezago de su perfume”.
“Cada día sin ella se vuelve una tortura… Mi cama se siente vacía, esa mujer es una maldición y, aun así, agradezco que la hayas puesto en mi camino. Así que sí, tienes mi benevolencia”, continuó.
Benjamín se sintió agradecido, pero al mismo tiempo apenado por el pesar de su nieto. Le dolía verlo así de demacrado. Había bajado de peso y su rostro reflejaba noches de insomnio y agonía.
Su corazón roto lo estaba consumiendo y temía que eso derivara en debilidad física. Pronto se cumpliría un año desde que se fue Frida y no sabía cuánto tiempo más soportará Román esa circunstancia.
¿Era momento de tratar de encontrar una mujer nueva para él, una que pudiera sacar esa espina de su corazón?
“¡Me enteré que tu viñedo está dando buenos resultados!”, exclamó Sarah con una amplia sonrisa antes de beber su café.
Se había encontrado con su vieja amiga. Hacía algunos años, había ido a ver el lago de los cisnes, donde Marianne era la protagonista. Su actuación fue tan asombrosa que no dudó en ir a su camerino con un ramo de rosas para felicitarla. Su acción fue bien recibida ya que intercambiaron números y aunque no eran las amigas más cercanas, se veían de vez en cuando para compartir una taza de café.
“¡Sí! ¡Tengo amigos estupendos! En este año las cosas han mejorado mucho”, dijo Marianne con orgullo.
“No creí que al regresar de Alemania mi padre me obligaría a hacerme cargo de una finca…”
De pronto una idea se atravesó en su cabeza y una sonrisa pícara se apoderó de su rostro.
“¿Tu apuesto primo sigue soltero?”, preguntó Marianne escondiendo su sonrisa detrás de su taza, haciendo reír a Sarah.
“¿Te refieres a Román? Se casó en tu ausencia”.
“¡¿En serio?!”, exclamó con el corazón roto, pero notó la incertidumbre en el rostro de Sarah.
“¿Qué ocurre? ¿No es feliz con su esposa? ¡Vamos! ¡Dame algo de esperanza!”.
“Su esposa lo abandonó”, dijo Sarah cabizbaja.
“¡No puedo creerlo! ¿Quién abandona a un hombre tan guapo?”.
“Ser guapo no lo es todo…”.
“¿Puedes darme su número o concertar una cita con él?”.
Marianne se mostró emocionada.
“Ah… No sé si deba hacerlo. No lo conoces bien, es un hombre muy difícil”, dijo Sarah imaginándose un futuro retorcido donde Marianne conociera a Román en persona.
Sería una catástrofe, como meter a un pequeño conejito en la guarida del lobo.
“No creas que mi intención es seducirlo”, añadió con una indignación falsa.
“Necesito un inversionista. La finca necesita más dinero. ¿Sabes cuánto tarda en dar frutos viables una planta de vid? ¡Años! Sin hablar del tiempo de añejamiento del vino en las barricas… Durante ese tiempo tengo que dar sueldos y alimentar a algunos de mis trabajadores. Sé que cuando la finca rinda resultados, tendré demasiado dinero que no podré ni contarlo, pero mientras… necesito que alguien me ayude a mantenerla viva”, explicó.
“¿Qué hay de tu padre?”.
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