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Capítulo 55:
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“¡Qué horrible! ¡Se lo entregaré de inmediato!”.
“Espero de todo corazón que pueda salir bien librado de esto”, añadió Frida y agachó la mirada, llena de dolor.
“Me encantaría estar a su lado y… hacer algo más para poder protegerlo… ¡Carajo!”.
Se limpió las lágrimas y se arrepintió de pensar así después de todo lo que le había hecho.
“¿Por qué no me acompaña y le dice usted misma todo esto? Creo que al Señor le ablandará el corazón saber que se preocupa por él”, dijo Lorena a Frida, con la esperanza de que su decisión cambiara.
“No… no me interesa que sepa eso. Esto es lo único que puedo hacer por él antes de no volver a verlo jamás”.
“¡¿Qué?! ¡¿No volveremos con Román?!”, exclamó Emma detrás de ella, tomándola por sorpresa.
Había escapado del auto y antes de que Hugo pudiera recuperarla y regresarla al asiento trasero, Emma había escuchado que no volvería a ver a Román.
“¡Nos mentiste! ¡Dijiste que iríamos con papá!”.
La niña se sentía traicionada y sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Mi amor, perdóname por haberlo hecho, pero no podemos regresar con él”.
“¡¿Por qué no?! ¡¿Por qué lo haces?! ¡¿Por qué te esmeras en herirnos a todos?!”.
“Emma… no estás consciente de nada de lo que ha ocurrido, no puedes tomar partido en esto”.
“¡Entonces explícame! ¡Dime qué ha hecho Román para que lo odies de esa forma!”.
Frida no tenía el corazón para envenenar a su hija contra Román. Los problemas entre ellos no tenían porque herir los sentimientos de sus hijas. Después de todo, era su padre y jamás las había herido. Siempre se mostró protector y las cuidó con cariño. Era un buen padre y no le quitaría ese título, aunque fuera un mal compañero.
“Emma… regresa al auto, deja que tu tío te lleve”, dijo Frida dando el tema por terminado.
“¡Vamos, Emma! Pondré la música que tú quieras”, dijo Hugo acercándose a la niña, intentando tomar su mano, pero ella se sacudió y se acercó más a su madre, con la mirada llena de coraje y determinación.
“Quiero quedarme con mi papá…”.
El corazón de Frida se estremeció. No podía creer lo que estaba escuchando.
“¿Qué?”.
“Quiero quedarme con mi papá. No quiero seguir huyendo y escondiéndome como si fuera un criminal. ¡Merezco tener una vida normal! ¡Merezco dormir en la misma cama todas las noches! ¡No quiero dejar de ir a la escuela! ¡No quiero dejar a mis amigas! ¡No quiero abandonar mi vida! ¡Yo no soy la culpable de nada!”.
Sus ojos derramaron lágrimas y su labio inferior tembló.
“Emma…”.
Frida perdía el aire de sus pulmones.
“Tenemos que irnos, papá no tarda en darse cuenta de que nos fuimos y cuando se entere no podremos salir de la ciudad…”, dijo Hugo ansioso
“Dame permiso y me llevo a la niña por la fuerza”.
Emma volteó hacia su tío con horror y a la defensiva.
“¡No iré a ningún lado! ¡Gritaré que me quieren raptar, lo haré tan fuerte que mi voz llegará a la casa de papá y entonces vendrá a rescatarme!”.
La tensión se hacía cada vez más grande y el tiempo se evaporaba como alcohol al sol. Después de unos segundos de duda, que parecían eternos, Frida se decidió.
“Lorena… ¿Puedes llevar a Emma con Román?”, preguntó con el corazón ardiéndole en el pecho.
“¿Qué? ¿Estás segura?”, inquirió Hugo sorprendido.
Sabía lo apegada que era Frida a sus hijas. Frida vio a los ojos a Emma, notó sorpresa y su llanto había cesado.
“Estoy segura, Emma tiene razón… no se merece seguir huyendo, ella se merece una vida bonita… Cari aún es muy pequeña y necesita de mí, pero Emma ya es una Señorita y sabe lo que quiere”, dijo Frida y se acercó para abrazar a su hija con fuerza, sintiendo que se le desgranaba el corazón.
Estaba muriendo de dolor.
“Lo único que te voy a pedir es que no le digas nada a tu padre. Respeto tu decisión de quedarte, tu respeta mi decisión de irme… ¿Está bien?…”.
Emma estaba desconcertada y confundida.
“Frida, es hora… no podemos seguir perdiendo tiempo”, dijo Hugo ansioso, viendo en ambos sentidos, esperando ver el auto de su padre.
“Lorena… cuida de ella, por favor”, dijo Frida llena de dolor y acercó a Emma a la criada.
“Lo haré”, prometió Lorena sintiendo lástima por esa madre desconsolada.
“Dile a Román que se está quedando con la mitad de mi corazón”, dijo Frida limpiándose las lágrimas.
“Sí, Señora… ¡perdón! Sí, Frida”, dijo Lorena, sonriendo apenada.
Frida compartió su sonrisa y abrazó a Lorena con cariño, besó la frente de Emma y acarició su rostro, guardándolo en su memoria, pues tenía mucho miedo de no volver a verla.
“No te olvides de mí, Emma”, pidió con dolor y abrazó una última vez a su hija.
“Mamita… no te vayas…”, suplicó, pero Frida comenzó a retroceder hasta que sus manos se soltaron.
Frida corrió al auto sin voltear atrás y cuando este avanzó, cerró los ojos, escuchando los lamentos de Cari que desde el asiento de atrás llamaba a su hermana. Frida apretó los dientes y cubrió su rostro para llorar desconsolada, siendo sus lamentos lo único que acompañó el viaje.
Román caminaba de un lado a otro, molesto y aún con dolor en la entrepierna, no podía creer que Frida le hubiera hecho eso. Celia lo veía con atención y celos, pues sabía que su malestar estaba relacionado con su exesposa.
“Román… vayamos a la habitación, déjame ayudarte a sentirte mejor”, dijo mientras lo veía con lástima. Quería ser la mujer que curara su corazón.
La mano estirada de Román la detuvo, no estaba de humor. Sacó su teléfono y llamó a Álvaro, no le importaba la hora.
“¿Señor?”, preguntó Álvaro al contestar. Sonaba somnoliento.
“Firmé el divorcio…”, dijo Román molesto y apretó los dientes.
“Evita que ese maldito documento llegue a la notaría. Invalídalo, haz lo que sea necesario. Soborna a quien tengas que sobornar y gasta el dinero que tengas que gastar”, continuó Román.
“¿Qué?”
Celía se sintió herida al escucharlo.
“Sí, Señor, me encargaré de todo”, respondió Álvaro gustoso.
Cuando Román estuvo con Frida, se volvió benevolente y considerado con todos sus subordinados, cosa que fue agradecida principalmente por su abogado. Saber que había una posibilidad de que la Señora Frida regresara a la vida de su jefe lo ponía de buenas, eso significaría consideraciones y empatía.
“También necesito que la encuentres… huirá de la ciudad si no es que ya lo hizo. Hay que traerla de vuelta…”.
“¡Claro, Señor! ¡Hablaré con sus hombres para que comiencen el rastreo!”, exclamó Álvaro con entusiasmo antes de que Román colgara.
“¿Por qué lo haces? Ella no te quiere, te golpeó, te humilló frente a todos y te exigió el divorcio… ¿Qué más quieres escuchar para que admitas que a esa mujer no le importas?”, preguntó Celia indignada.
“¿Te pedí tu opinión?”, preguntó Román con los ojos llenos de ira. Celia solo agachó la cabeza.
“Eso pensé”.
“¿Qué hago aquí, si no era tu intención estar conmigo?”
Las lágrimas escurrieron por sus mejillas.
“Tu única función fue darle celos a Frida, pero no fuiste suficiente…”.
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