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Capítulo 53:
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Sabía que estaba hiriendo a Román, estaba picándole el orgullo delante de todos y eso la hacía sentir poderosa. Román se deshizo del brazo de Celia y tomó de la muñeca a Frida.
“Tú y yo tenemos que hablar muy seriamente en privado”, dijo entre dientes. Sus ojos ardían con odio.
“No hay nada que hablar… firma y me iré para que sigas disfrutando de la fiesta y de tu elegante z%rra”, respondió Frida. Se sentía embriagada de poder y arrogancia.
“¡¿Cómo me llamaste?!”, exclamó Celia ofendida.
“¡¿Dejarás que me hable de esa forma?!”.
Esperaba que Román la defendiera, pero él estaba concentrado en Frida y en su cambio de actitud.
“¡Vamos!”, exclamó Román dando un tirón a la mano de Frida y obligándola a caminar con él hacia una pequeña sala de juntas.
“No hay nada de qué hablar… solo me estás haciendo perder el tiempo”, dijo Frida retorciendo su mano, queriendo zafarse del agarre.
“Puedes firmar donde sea”.
Román la empujó dentro de la sala y cerró la puerta, azotándola.
“¡¿Qué se supone que estás haciendo, Frida?!”, exclamó furioso.
“Creo que es obvio, vine por tu firma…”.
“¿Vestida así?”.
“¿Cómo querías que entrara? ¿Con vaqueros viejos y tenis? ¿Querías verme destrozada, llorando, con el corazón roto y mendigando un poco de piedad? ¿Querías que corriera hacia ti y terminara tropezando a tus pies? Te equivocaste de mujer… intenta jugar conmigo y te enseñaré como se hace…”.
Román estaba fascinado, su mirada férrea y su hermosa presencia lo envenenaba, quería sujetarla por el cuello y someterla, quería tomarla en ese momento sobre la mesa. Su mente se debatía entre odio y lujuria.
“¿Por qué actúas como si fueras la víctima?”
Rodeó la mesa con el acta entre las manos, viéndola con desprecio.
“Abortas a mi hijo por poder estar con mi hermano… ¿Y me hablas como si yo fuera el villano en todo esto?”.
“¿Qué?”.
Frida se sentía desequilibrada por primera vez en la noche.
“¿Creíste que no me iba a enterar? En cuanto supe que estabas en el hospital te fui a ver… te imaginarás mi decepción cuando escuché que estabas deshaciéndote de mi hijo”, dijo entre dientes y su odio le ganó a la pasión.
“¡¿Cómo pudiste?! ¡Lo mataste por tu egoísmo! ¡Pusiste a Marco por encima de mi hijo y eso jamás te lo voy a perdonar! ¡Firmaré el maldito divorcio y te juro que haré lo imposible porque las niñas se queden conmigo!”
“¡No puedes hacer eso!”, exclamó Frida preocupada por sus hijas mientras veía como Román firmaba el acta.
“Después de todo, parece que mis hijos frustran tus planes con Marco… ¿no? Ya te deshiciste del más vulnerable, ¿Cómo sé que no te desharás de ellas? ¿Crees que dejaré que las abandones con tu padre para que las lastime?”.
Se acercó con el pecho inflado y la boca llena de odio.
Frida retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared. Toda su arrogancia había desaparecido y se sentía miserable por su bebé. Puso ambas manos en su v!entre, imaginando que aún estaba ahí, creciendo, pero estaba vacío, igual que su corazón.
“Aquí está tu acta firmada. Tenías razón, no debería ofender a Celia saliendo con ella cuando aún estoy casado, pero como bien dijiste, ya se solucionó nuestro problema”, dijo Román viendo a Frida con esos ojos oscuros y fríos.
Con mano temblorosa y lágrimas en los ojos, Frida tomó el acta con cuidado, la firma estaba pintada con fuerza, cada trazo estaba lleno de odio.
“Yo no lo aborté por iniciativa propia… pero admito que fue mi error…”
“No quiero escucharte… me da asco pensar en lo que hiciste…”
“A mí también…”
Levantó la mirada hacia Román y su dolor lo congeló.
“No sabía que estaba embarazada y aun así… ese día corrí con todas mis fuerzas por mucho tiempo, ese día tomé queriendo aliviar mi dolor de haberte encontrado con Celia, ese día caí al piso con fuerza…”.
Se quedaba sin aire, este parecía quemar sus pulmones.
“De pronto desperté en ese maldito hotel sin saber cómo había llegado… ¡Tu hermano es un maldito hijo de p%ta igual que tú!…”.
Román retrocedió sintiendo la garganta seca. Toda la fuerza que había tenido para odiarla se esfumaba.
“Se aprovechó al verme ebria… abusó de mí toda la noche y agradezco no recordar nada, porque el dolor sería más grande. ¡¿Te doy asco?! Yo también me doy asco… no pude retener a mi bebé… aunque llegué al hospital, no fue a tiempo, él ya se había soltado de mí… ¡Mi bebé!”.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas y se abrazó a sí misma, lamentándose con dolor.
“Mi bebé… le falle a mi Frida…”.
Román le creía, su dolor era sincero y se arrepintió de su ataque contra ella. Extendió sus manos para alcanzar sus hombros, pero Frida se alejó como si arrojaran lumbre.
“Al único que le debo disculpas, es al hijo que perdí… porque no pude hacerlo mi prioridad, porque lloré por su padre cada noche sin saber que él estaba ahí, sufriendo mi dolor… si crees que me refugiaré en los brazos de Marco, te equivocas, ambos son la misma basura… ahora compadezco a July, pobre mujer que tuvo que ser su estúpido juguete, la usaron y la desecharon, igual que a mí”.
¡Los dos se pueden ir a la m!erda!
Dio media vuelta y cuando quiso abrir la puerta, Román la detuvo apoyando su mano y volviéndola a cerrar.
“Frida, yo no sabía nada de esto… yo creí…”, dijo en su oído.
Ahora el dolor se apoderaba de su pecho y el miedo de haberla lastimado.
“No es mi culpa lo que creíste… ahora déjame salir, regresa con Celia y no cometas los mismos errores con ella”, dijo Frida viéndolo directamente a los ojos.
“No”, respondió al mismo tiempo que la hizo girar hacia él y la presionó contra la pared, atrapándola con su cuerpo.
Frida, con ambas manos sobre su pecho comenzó a forcejear. No lo quería cerca, le dolía.
“¡Suéltame! ¡Déjame en paz!”
Román tomó su rostro entre sus manos, obligándola a levantar su mirada rota hacia él.
“No… ya no… ya no quiero soltarte. Cada vez que te vas, los malentendidos arruinan aún más lo que tenemos”.
“Ya no tenemos nada, Román… absolutamente”.
“Mientes”:
La vio suplicante.
“Ambos hemos aceptado que lo que sea que hayamos tenido, se acabó… la prueba es que hemos firmado el divorcio…”.
“Romperé esa maldita acta antes de que llegue a la notaría… sigues siendo mía, Frida… mi mujer, mi esposa… la madre de mis hijas”.
“¡Déjame en paz! ¡Ya no voy a tolerar tus malditas mentiras! ¡Vete con Celia y déjame, pues estoy mejor sin ti!”.
Golpeó su pecho con fuerza, pero no pudo hacerlo retroceder, por el contrario, Román comenzó a llenarla de besos ansiosos, combinación de dolor y anhelo.
La cargó y la puso contra la mesa, deseaba llenarla de caricias y suplicar por su amor. No estaba dispuesto a dejarla ir. Si saldrían de esa sala, sería tomado de la mano y directo por sus hijas para regresar a casa.
Besó los labios de Frida con suavidad, eran salados por las lágrimas, pero aún un deleite. Frida dejó de poner resistencia, su corazón rogaba por dejarse querer. Deseaba volver a sentir el amor y la pasión de Román.
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