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Capítulo 51:
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“¿Por qué tendría que hacerlo?”
El corazón de Frida se fracturaba un poco más.
“Frida, no has aprendido que la vida es dura y cada uno tiene sus propios intereses. Falta poco para que deje de ser tu esposo, ahora que está saliendo con Celia, lo más seguro es que firme sin ningún inconveniente el divorcio. ¿Crees que le afecta lo que te pase a ti o a las niñas? Entiende que ya no le interesas porque ya no le sirves”.
“¡Ya entendí!”, exclamó Frida con la voz rota
“Ya basta…”.
“Entre más rápido te hagas a la idea, será mejor para ti”.
De pronto la puerta se abrió y entró corriendo Hugo. Frida, al verlo, comenzó a sollozar. Su hermano era el único en el que confiaba y no dudó en extender las manos hacia él, suplicando un abrazo que Hugo no dudó en regalar.
“¿Señor?”, preguntó Lorena llena de miedo, asomada por la puerta.
“Ya hice lo que me pidió”.
Román volteó lentamente y la criada extendió una cadena delgada de platino de la cual colgaba el anillo de Frida. El zafiro destelló en cuanto Román la tomó.
“¿Necesita algo más?”.
“Dile a James que prepare el auto para pasar por la Señorita Celia…”.
“¿Irá con Celia a la cena de beneficencia?”, preguntó Lorena con los ojos bien abiertos y se arrepintió en cuanto el hombre volteó hacia ella con esa mirada feroz.
“¿Algún problema?”.
“Yo… Creí que…”.
“¿Qué? ¿Qué seguiría buscando a Frida después de que me engañó con Marco y abortó a mi hijo solo para estar con él? ¿Crees que necesito humillarme un poco más?”.
“No, Señor. Discúlpeme…”.
Lorena agachó la mirada, temerosa de la furia de Román.
“La Señora Frida no será bienvenida en esta casa nunca más. Si regresa, no le abran las puertas y simplemente llamen a la policía para que se la lleve. ¿Fui claro?”, preguntó Román.
Lorena se quedó sin palabras, sorprendida por la agresividad con la que Román había hablado.
“¡¿Fui claro?!”.
“¡Sí, Señor!”, respondió Lorena temblando.
“También quiero que te deshagas de toda la ropa que dejó, cada objeto que haya sido de ella se irá a la basura…”.
“¿Qué hay del cuarto de las niñas?”.
“Ese déjalo así. Pelearé por ellas… habla con Álvaro, dile que quiero la custodia total”.
“¡¿Le quitará a las niñas?!”.
”Lorena cubrió su boca. No había horror más grande para una madre que estar alejada de sus hijos.
“No quiso a mi hijo en su v!entre, dudo que quiera que Emma y Carina le estorben en su nueva relación”, respondió tranquilamente mientras su corazón ardía.
“Arregla la habitación, quiero pétalos en la cama, una botella de champagne y velas aromáticas. La Señorita Celia pasará la noche aquí”.
Ese había sido un golpe duro al corazón, Lorena se sentía tan agraviada como si fuera la mismísima Frida.
“¿Rosas rojas están bien?”, preguntó con una mano en el pecho, sabiendo que podía ir en contra de su jefe.
“¡No!”, exclamó Román resoplando con molestia.
“No quiero volver a ver ninguna rosa roja en esta casa. Ni flores ni pétalos. ¡Nada! Esas flores quedan prohibidas”.
“Entiendo.”
Y no mentía, ahora lo entendía muy bien, Román estaba herido y estaba luchando por no derrumbarse, fingiendo que era fuerte cuando por dentro estaba completamente roto
“Con su permiso”.
Dejó solo al hombre herido y realizó cada una de las tareas controlando sus ganas por intervenir y hacer un intento por volverlos a juntar, pues sabía que los siguientes días Román se volvería insoportable y más temperamental de lo que ya era.
“¿lrás a la cena?”, preguntó Tiziano viendo la invitación.
“No, de seguro estará Román ahí y querré romperle la cara”, dijo Hugo de brazos cruzados y con la cabeza llena de odio.
“Lo tendría merecido…”.
Resopló Tiziano y vio el acta de divorcio.
“Solo faltaba la firma de Román”.
No tendría sentido ir, no podemos hacer ninguna clase de donativo, ese imbécil nos está orillando a la bancarrota, pero tengo que entregarle el acta para que el divorcio sea válido.
“Yo la entregaré”, dijo Frida asomándose por la puerta del despacho.
Aún sostenía su v!entre con una mano, como si el fantasma de su hijo le generara peso.
“¿De qué estás hablando?”, preguntó Tiziano con el ceño fruncido.
“Quiero ir a esa cena, quiero entrar con la frente en alto y arrojarle el maldito documento en la cara…”
“¿Frida?”.
Hugo la desconocía.
“De seguro irá con esa mujer… así que quiero liberarlo de nuestro matrimonio frente a todos…”.
“Si le entregas de esa forma el acta…”.
“Lo humillarás”, dijo Tiziano y por primera vez le sonrió a su hija.
“¿Eso es lo que quieres?”.
“No me importaría regresarle un poco del dolor que me ha generado”, dijo Frida con los ojos centelleando de furia.
“Quiero que explote frente a todos, que vean lo maldito que es… quiero que me escuchen y lo acusen con el dedo…”.
Tanto Tiziano como Hugo parecían sorprendidos.
No creían capaz de algo así a Frida, después de haber amado tanto a Román.
“Necesito un vestido… ¿Puedes llamarle a Marco?”.
Tiziano tomó su celular y su llamada fue contestada casi de inmediato, antes de que pudiera decir algo, Frida tomó el teléfono y lo pegó a su oído.
“Soy Frida, iré a la fiesta de beneficencia y necesito el vestido más hermoso que tengas… quiero verme espectacular. Quiero que Román se sienta arrepentido de haber jugado con una mujer como yo”.
Marco se quedó en silencio, no se sentía muy seguro de que fuera la misma mujer que había conocido. Su voz, aunque aún sonaba dolida, también tenía fuego. Frida regresó con paso firme hacía su habitación, sin decir ni una sola palabra, dejando a padre e hijo desconcertados.
“Temo que sea una trampa. Frida es muy inteligente, podría buscar una segunda oportunidad de estar con Román”, dijo Tiziano con incertidumbre.
“No te preocupes, iré con ella y la vigilaré. No permitiré que escape con Román”, contestó Hugo con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
“Ese imbécil no volverá a tocar a mi hermana, de eso me encargo yo”.
“Haz lo que sea necesario, pero Frida no puede claudicar en su plan…”.
Le dio un par de palmadas en el hombro a Hugo antes de retornar a su escritorio.
En poco tiempo, Marco llegó a la residencia Sorrentino acompañado de un grupo de modistas; él llevaba en sus brazos el delicado vestido como una damisela desmayada.
Frida lo esperaba recién bañada y rociando en su piel húmeda un poco de perfume. Cuando Marco entró, ella no se cubrió ni le dio pudor, ya la había visto desnuda y poco le importaba que lo volviera a hacer.
Las mujeres que acompañaban a Marco se encargaron de vestirla con un hermoso vestido azul intenso, era tan puro su color que parecía un cielo a punto de oscurecerse.
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