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Capítulo 24:
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Cuando ambos voltearon, Frida estaba dándoles la espalda mientras firmaba el documento. Dejó la pluma sobre el papel y apretando los dientes, caminó hacia la puerta, melancólica y herida.
“Ya está firmado”, respondió sin buscar con la mirada a Román.
“Ahora Emma es tú hija”.
“¿Mamá?”, preguntó Emma desconcertada por el comportamiento cansino de Frida. Parecía destruida. Así se veía una persona cansada de pelear.
“Mamá necesita… ir a la habitación…”, dijo Frida acariciando los cabellos castaños de Emma y alejándose del estudio.
“Frida…”.
Román le pisaba los talones. Su corazón se retorcía al verla destrozada. La tomó del brazo justo en las escaleras y ella no se resistió como otras veces. Se detuvo y volteó hacia él con la mirada rota.
“Si no hay nada más que firmar, me gustaría ir a descansar un poco, tengo sueño. ¿Tengo que pedirte permiso o puedo hacerlo por iniciativa propia?”.
Su voz se quebró y los labios de Román se entreabrieron sin saber qué decir. Liberó el brazo de Frida, dejando que se fuera a la habitación. Quería alcanzarla, quería acercarse a ella y consolarla, pero cómo podría hacerlo si él es el motivo de su dolor.
“¿Señor Gibrand?”, preguntó el abogado que recién había llegado.
“¿Está indispuesto?”.
“No, todo en orden”, mintió y suspiró.
July inspeccionaba el despacho de Román, veía cada libro en el estante con atención mientras lo esperaba. De pronto notó un par de hojas entre dos carpetas y no tardó en sacarlas. Todos los papeles de Román estaban en completo orden y algo le decía que ese era diferente a los demás.
Cuando lo extendió ante ella, el corazón le dio un vuelco, era el contrato que había firmado Frida donde se ofrecía como una esposa falsa. La boca de July se desencajó por la sorpresa y percibía ese par de hojas en sus manos como oro puro.
“¿Qué se supone que estás haciendo?”, preguntó Román al entrar al despacho.
Sin decir ni una sola palabra, July volteó hacia él y le extendió el contrato. Sus ojos se estaban llenando de lágrimas, pero de felicidad.
“Yo… no entendía por qué estabas con Frida, si ella es tan mala y egoísta contigo. Ahora lo veo”.
Se acercó lentamente y le sonrió.
“Siempre has sido tan inteligente, pero… ¿por qué ella?”.
“¿Quién te dio permiso de esculcar mis cosas?”, preguntó Román molesto y guardó el documento en un folder.
“Si necesitabas a alguien a tu lado, si necesitabas una esposa…”.
“No te atrevas a decirlo”.
“Román… yo pude darte todo lo que necesitabas”.
“Largo de mi despacho, tengo que trabajar”.
“Pero… Román, aún podemos arreglar las cosas…”.
“¿No me escuchaste? ¡Largo!”
July sabía que no habría forma de hablar con Román, lo había descubierto, sabía de la farsa y eso lo había molestado. Salió del despacho rebosante de alegría, el corazón de Román aún era suyo, lo sabía, Frida estaba ahí solo por interés. En ese momento la vio pasar, con esa mirada cabizbaja y llena de rencor que disimulaba con una sonrisa falsa.
“¡Frida!”, exclamó llamando su atención.
“July, ¿qué necesitas?”.
‘¿Se te ocurrió una nueva forma de humillarme?’ pensó Frida y suspiró. Era un suplicio estar delante de ella.
“Quería decirte que sé de su acuerdo. Ahora entiendo que Román no te defiende porque te ame, en realidad solo está cumpliendo con un contrato y ya me es lógica tu forma tan hostil y poco agradable de ser”, dijo con una sonrisa que le retorció el corazón a Frida.
“Deberías de tomártelo con calma, porque es claro que él nunca te va a amar. Él ya ama a alguien más”.
“No me digas… ¿Tú?”, agregó Frida resoplando, cansada de tener que someter a su corazón a esa clase de torturas.
“Aunque te parezca imposible”, respondió July con media sonrisa.
“Crecimos juntos, fuimos novios y nos amamos con todo el corazón. Si tienes que lidiar con un hombre frío, no es porque no pueda ser de otra forma. Él es dulce y detallista, cariñoso… por lo menos conmigo siempre lo fue”.
“’Lo fue’, curiosa forma de hablar en pasado”, dijo Frida ofreciéndole una sonrisa más grande.
“¿Qué diría la gente si fuera más dulce con la institutriz de sus hijas que con quien dice ser su esposa?”.
July se acercó un poco más, disfrutando haber borrado la sonrisa del rostro de Frida.
“Cuando el contrato termine, saldrás de nuestras vidas y todo volverá a ser como tiene que ser, por mientras, agacha la cabeza cuando pase frente a ti, pues no tienes mayor importancia que la criada de esta casa, y si me permites, tengo que retomar las clases de las hijas de Román”.
“Son mis hijas”, dijo Frida conteniendo su furia.
“¿Eso crees?”, preguntó July dándole la espalda y alejándose.
“Solo revisa los papeles, tú te irás de esta casa y las niñas se quedarán aquí. ¿No quieres una buena vida para ellas?”.
‘Tal vez no hoy, tal vez no mañana… pero un día te voy a hacer tragar cada una de tus palabras’ pensó Frida apretando los puños con odio hasta que los nudillos se tornaron blancos.
“Frida”.
La voz fría y varonil le erizó la piel en cuanto la llamó.
Román permanecía de brazos cruzados en el umbral de su despacho y la veía reacio. Frida se acercó con paso lento y se mantuvo a una distancia considerable. Las palabras de July pasaban por su cabeza.
¿En verdad habían sido novios? ¿Aún seguían sintiendo algo? Pero si era así, ¿por qué no la escogió desde un principio en vez de atormentarla a ella?
“¿Qué ocurre?”, preguntó cruzándose de brazos.
La distancia entre los dos molestó a Román.
Después del altercado con la adopción, Frida parecía no querer ceder, aunque… ¿Qué le quedaba por perder? Román se acercó molesto por tener que ser él quien recorriera ese trecho.
“¿Ahora vas a mantener tu distancia?”, dijo Román en cuanto Frida retrocedió.
“Ya no te debo nada, solo tiempo. Estamos casados y te di al hijo que querías. ¿Para qué quieres que me acerque, si desde aquí te puedo escuchar?”.
“Porque eres mi esposa y debes de irte haciendo a la idea”.
La tomó de un brazo evitando que volviera a retroceder.
“¿Incluso dentro de la casa?”.
“Dentro de la casa y obligatoriamente en la alcoba”, respondió Román con media sonrisa mientras Frida apretaba los dientes.
“Hoy habrá una fiesta en la noche y me acompañarás. Tu vestido, así como la joyería que usarás, ya está en nuestro cuarto. Saldremos a las ocho en punto”.
Cada año Román rentaba un club para que los jefes de cada departamento y sus subsiguientes empleados convivieran entre música y alcohol. No le agradaba ir, pero siempre tenía que estar presente por un rato y mostrarse empático.
Además, ese día aprovecharía para hacer de dominio público su matrimonio con Frida.
Mientras él esperaba al pie de las escaleras, usando ropa casual que permitía mostrar su brazo tatuado, dando una imagen de hombre peligroso, Frida bajaba los escalones, luciendo un vestido strapless rojo, pegado a su curvilínea figura, así como sus torneadas piernas y esos muslos firmes que Román deseaba morder.
Aunque su apariencia lo había dejado embelesado, esa actitud fría y distante con la que lo trataba era un golpe mortal a su ego.
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