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Capítulo 20:
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“¡Papá!”, exclamaron al unísono las niñas y corrieron hacia él.
Ellas nunca habían sido tan cariñosas con Jake y ahora lo sabía Frida: Hay hombres que son buenos como compañeros, pero malos padres. Román parecía lo contrario.
“Esperen aquí mientras reviso que los autos estén listos”, dijo Román viendo fríamente a Frida y salió por la puerta.
“Román es muy bueno con nosotras”, dijo Emma con reproche hacia su mamá.
“¿Por qué eres mala con él?”.
“¡¿Yo soy mala con él?!”.
“No se lo merece…”, reclamó.
“Nos salvó de Jake y te cuida mucho. Él te quiere y tú no”.
Frida estaba sorprendida, su propia hija estaba en su contra. Podía acabar con la discusión diciéndole la verdad, pero… ¿Tendría sentido llenar su corazón con veneno?
“Soy tu madre, no me hables así”.
Emma cerró la boca, pero mantuvo la mirada retadora que le congeló el corazón a Frida.
“¡July!”, exclamó Carina soltando la mano de su madre y corriendo hacia la maestra.
“¡Cari! ¡Mi niña!”, exclamó la institutriz causando retortijones en el estómago de Frida.
Al prestar más atención, se dio cuenta que iba acompañada de un jovencito más grande que Emma. Tal vez de unos 15 0 16 años y mal encarado.
Destilaba rebeldía por cada uno de sus poros. Su mirada cargada de rencor y boca torcida le hizo imaginar a Frida que era una versión más joven de Román.
“Frida, te ves fantástica”, dijo con hipocresía July mientras cargaba a Cari.
“Señorita July…”, cuando saludó, Emma también se acercó a su maestra y la abrazó, buscando refugio en ella.
Aunque vio la mirada rota de Frida, Emma no retrocedió. Era igual de terca y orgullosa que su madre.
“Perfecto, solo te estábamos esperando”, dijo Román con una sonrisa agradable hacia July.
Ante los ojos de Frida, parecían una familia donde ella no encajaba y eso le dolía.
“Supongo que iremos en una de las camionetas”, dijo July llevando de la mano a Cari mientras Emma caminaba al lado de Román.
“No, iremos en dos autos”, respondió Román.
El Bentley favorito de Román y un hermoso McLaren servirían para recorrer el trayecto. July de inmediato se acercó al Bentley negro, sabía que ese sería el auto en el que Román conduciría, pero antes de que pudiera entrar al asiento del copiloto, Román la atajó.
“Ese es el lugar de mi esposa”.
Extendió su mano hacia Frida.
“¿Puedo ir en el carro de July?”, preguntó Emma emocionada y de nuevo el corazón de Frida crujió.
“¡Yo también!”, exclamó Cari y se tomó fuerte de la mano de July.
Román volteó hacia Frida, notando sus ojos llameantes. Habían dejado de proyectar el cielo y parecían contener las profundidades del infierno.
“No lo sé, que decida su madre”, respondió rodeando el auto y dejándole la decisión a Frida.
“Prometo que las cuidaré mucho”, dijo July juntando sus palmas a modo de súplica. ‘Incluso cuando tú ya no estés y yo sea la esposa de Román’ pensó y una sonrisa iluminó su rostro.
“Está bien…”, respondió Frida antes de cerrar la puerta del auto.
Aunque July lo veía como una victoria, Emma era abordada por la culpabilidad. Había hecho sentir mal a Frida, lo sabía, y durante todo el camino no pudo disfrutar como su hermana. Solo buscaba con la mirada el auto donde iba su mamá.
Al llegar a la casa de campo del abuelo, Emma salió corriendo del auto, arrojándose a los brazos de su madre y estrechándola con fuerza como si ese recorrido no hubiera durado horas, sino años.
…
El transcurso de la mañana fue funesto para Frida. Parecía que en esa casa nadie estaba cómodo con su presencia.
Ya se lo había advertido Román en el camino: ‘Gracias a ti podré heredar la empresa y privar de sus beneficios a todos. No esperes un recibimiento grato como la última vez’. No mintió. Los únicos que parecían felices de verla eran Benjamín y su enfermera, Matilda.
En cambio, July era recibida con los brazos abiertos. No había una sola persona que no se alegrará de verla y eso le causaba indigestión a Frida, cada vez se sentía más ajena y sola. July había crecido en contacto estrechó con la familia Gibrand.
Su padre era uno de los socios más importantes de la compañía y gran amigo del padre de Román.
“Nos volvemos a ver…”.
Era Martina asomándose a la habitación que Frida compartiría con Román.
“Martina…”.
“Así que es cierto. Por fin se han reconciliado y casado. ¡Qué relación tan conflictiva tienen!… ¿No te incomoda que, en ese tiempo que estuvieron separados, Román se hubiera casado con otra? Creo que su discusión la llevaron al extremo. ¿No crees? Tú desaparecida y él casándose con alguien más”.
“Lo importante es que ya estamos juntos…”.
Frida vomitó cada palabra con repulsión disimulada detrás de una máscara de felicidad.
“Sabes lo que trama Román, el futuro que quiere para el resto de la familia, y lo apoyas… que asco me das. Ahora entenderás por qué tu presencia aquí es desagradable para todos. Mientras Román nos inspira odio y miedo, tú eres repulsiva.
“Dime lo que quieras, veme como quieras, pero te voy a pedir un favor”, dijo Frida con templanza.
“No metas a las niñas en esto, si les dices o haces algo, te arrepentirás el resto de tu vida”.
“¿Crees que me das miedo?”.
“No quiero darte miedo, solo advertirte. Si crees que Román puede ser cruel, no te has enfrentado a una madre defendiendo a sus hijos”.
En silencio y sin quitarle la mirada de encima a Frida, Martina se alejó.
…
Mientras Román terminaba de arreglarse el traje, Frida tomaba una ducha, untando jabón sobre su anillo de bodas, en un intento desesperado por quitárselo sin que la lastimara, pero era inútil.
“Frida, no tardes. Te estaré esperando en el salón junto con las niñas. Tienes veinte minutos”, dijo Román después de tocar la puerta. Al no escuchar respuesta, volvió a tocar.
“¿Entendido?”
“¡Entendido!”, respondió torciendo los ojos.
Tenía un hermoso vestido azul esperándola en la habitación, había sido elección de Román y valía mucho dinero. Si tan solo no hubiera tardado cinco minutos más en el baño, hubiera descubierto a July entrar al cuarto con unas tijeras bien afiladas.
Cortó y rasgó la tela, sabiendo que el odio que le tenía toda la familia a Frida daría una lista larga de posibles sospechosos. Cuando terminó, salió orgullosa de su trabajo, directo al salón para alcanzar a Román y jugar con las niñas como una madre dulce lo haría.
Frida salió envuelta en las toallas y perdió el color del rostro al ver el vestido que estaba arruinado.
¿Cómo bajaría al salón? ¿Con ropa casual? Román se enojaría. Acarició con tristeza la tela y optó por quedarse en la habitación. Sería lo mejor.
“Román, no pienso conformarme con ver ese anillo en tu dedo”, dijo Benjamín con el ceño fruncido. Habrá una boda enorme, Frida lucirá un hermoso vestido y tú la esperarás en el altar. Si tu relación con Casidy fue de dominio público, tu boda con Frida será incluso transmitida en cada canal”.
“Abuelo… no somos los reyes de Inglaterra”, dijo Román divertido antes de beber de su copa.
“Además, eso no depende de mí”.
“¡Niñas! ¡Mis amores! ¿No les gustaría que sus padres se casaran en una enorme fiesta?”, preguntó Benjamín fascinado con las niñas, viendo esos enormes ojos azules como los de su madre.
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