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Capítulo 18:
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“Hiciste bien en decirme”, dijo felicitándola.
“Yo me encargaré”.
“No quiero que se lleve a mamá. No ahora que seremos una familia”.
Acarició gentilmente la melena castaña de Emma, sabiendo que contaba con una fiel aliada.
“No te preocupes, todo estará bien. Quédate aquí mientras arreglo todo. Para eso está papá, para poner orden y proteger a sus mujercitas”.
Emma asintió, su preocupación había disminuido y al ver a los ojos a Román, supo que todo estaría bien.
…
“Tenemos que salir cuanto antes”, dijo Jake pensando en cómo escapar sin ser detectado.
“Hay que ir por las niñas”, añadió Frida angustiada.
“No hay tiempo…”.
“¿De qué hablas?”.
“Primero te sacaré a ti, después veré cómo saco a las niñas, pero eso tendrá que ser otro día”.
“No me iré sin ellas”, dijo indignada y sorprendida por la decisión que Jake había tomado solo.
“Frida, no puedo sacarlas a las tres… tengo que escoger sabiamente y lo he decidido, tú irás primero. Además, Román cuida bien de ellas, no deberías temer que se queden con él”.
Jake estaba decepcionándola con sus palabras, haciéndole comprender que para él no eran tan importantes las niñas como lo había demostrado todo ese tiempo. ¿Con quién había convivido durante esos cinco años?
La puerta se abrió, y antes de que Jake pudiera voltear, Román lo tomó por el cuello de su camisa y golpeó su abdomen, tirándolo al suelo.
“¡Jake! ¡Qué gusto conocerte, me han hablado de ti!”, exclamó Román iracundo y sin esperar respuesta comenzó a golpearlo.
Román había perdido el control de sí mismo y Jake no era tan diestro para hacerle frente. Frida gritaba desesperada desde la cama sin lograr nada, así que hizo un esfuerzo por ponerse de pie.
Con la lentitud de una tortuga, logró llegar hasta Román y posar sus manos en su espalda.
Este volteó con actitud violenta y la impresión hizo caer a Frida, pero Román la sostuvo, estrechándola contra su cuerpo. Su rabia se disolvía conforme se perdía en esos ojos de zafiro.
“Detente, por favor…”, pidió Frida y alzó sus manos para acariciar el rostro de Román en un intento de calmarlo y encontrar algo de piedad.
Dando la pelea por terminada, pero, aun así, guardando rencor. Román tomó a Jake del suelo y lo empujó fuera del cuarto para después arrojarlo por las escaleras.
Una vez que lo vio inmóvil en el piso, envió un par de sus hombres para llevarlo al hospital y llamó a su abogado para que se encargara de todo.
Frida se mantuvo al borde de la cama, en silencio, hasta que Román regresó al cuarto, cansado y más tranquilo.
“Atenderán sus heridas en el hospital. Tu príncipe azul se recuperará, no tienes de qué preocuparte, pero solo será por esta vez, la próxima no me detendré, tenlo por seguro. No tendré piedad de él”, dijo Román herido y con la voz cargada de rencor antes de cerrar la puerta de la habitación.
Desde que Román tuvo que hacerse cargo de las niñas, optó por trabajar desde casa, así tenía tiempo para ellas.
July era de gran ayuda, puntual y responsable como toda buena institutriz, además de confiable por el pasado que compartía con Román. Esa mañana ella se presentó más temprano que otras veces y con el estómago vacío.
Sin dudar, Román compartió el momento del desayuno de las niñas con July y mientras él batallaba para hacer comer a Carina, July platicaba y bromeaba con Emma, fue cuando pudo notar que él no estaba comiendo.
“¿No vas a desayunar?”, preguntó.
“Desayunaré cuando las niñas lo hayan hecho, así como Frida… no puedo comer antes que ella, no me sentiría cómodo.
“Pero las criadas pueden llevarle la comida a su habitación. No tienes que ser tú quien sirva como su cuidador. ¡Por Dios! ¡Eres el CEO de una importante empresa! ¡El dueño de esta casa, no un mozo!”.
Su euforia se apagó en cuanto la mirada lasciva de Román se clavó en ella.
“Es un buen ejemplo para las niñas mostrarles que un hombre debe de tener sus prioridades en orden, que vean a su madre tratada como una reina para que ellas no esperen menos del hombre que las pretenda…”, respondió desviando la mirada de July.
“Como Jake. Él era malo”, dijo Emma persiguiendo un trozo de fruta en su plato.
“Era malo con nosotras cuando mamá no estaba”.
“¿A qué te refieres?”, preguntó Román arrepintiéndose de haberlo enviado al hospital. Si había tocado a sus pequeñas, hubiera sido mejor matarlo.
“Él nos encerraba en el cuarto y no nos daba de comer…”.
“También nos gritaba mucho…”, agregó Carina con tristeza, cubriendo sus oídos como si aún lo pudiera escuchar.
“Sí, decía que éramos las culpables de que mamá fuera perseguida por un monstruo, que por nuestra culpa ella no podía ser feliz con él”.
“¿Frida lo sabía?”, preguntó Román apretando los dientes. ¿Ella sería capaz de sacrificar a sus hijas por un hombre?
“No, Jake decía que si le decíamos algo a mamá nos iría peor”, contestó Emma cabizbaja y al borde del llanto.
“¿Te dijo quién era ese monstruo que las perseguía?”, inquirió Román inclinándose hacia Emma, quien solo movió la cabeza en negativa, provocando una enorme sonrisa en su rostro.
“Yo soy ese monstruo”.
“¿Tú?”.
Emma estaba escéptica.
“Pero no eres un monstruo”.
“Tú eres papá”, añadió Carina abrazándolo con ternura y ablandando más su corazón.
“Soy su padre y siempre las protegeré de todo. Jake no volverá a lastimarlas”.
July veía con sorpresa la enternecedora escena. Conocía a Román de casi toda la vida y no podía creer que ese hombre frío y egoísta pudiera ser un buen padre. Esos sentimientos que se había esforzado por enterrar volvían a brotar.
Las puertas del comedor se abrieron y Frida caminó con pasó lento y ojos llorosos, había escuchado la confesión de las niñas, y estaba horrorizada y arrepentida. No comprendía que Román las quisiera proteger mientras Jake las había querido abandonar. Estuvo tan ciega.
“¡Mami!”, exclamaron las niñas al unísono y corrieron hacía ella mientras July la veía con un infinito desprecio.
Había escuchado de ella, sabía que era la prometida de Román y madre de sus hijas, pero no se la imaginó tan hermosa y joven. Se moría de celos y la cabeza se le llenaba con la idea de que todo debía de ser falso.
Román no estaría con cualquier mujer, algo andaba mal y lo descubriría.
“¿Qué haces fuera de la cama?”, preguntó Román malhumorado y acercándose a Frida.
“Ya estoy harta de esa cama”, respondió sosteniendo su mirada. Aún estaba confundida, no sabía si Román era un hombre bueno o malo, pero estaba cuidando de sus hijas y ofreciéndoles lo mejor.
“No es por gusto, tienes que…”.
Antes de que continuara con el regaño, Frida tomó las manos de Román y notó sus nudillos rojos e inflamados por golpear a Jake. Ante la sorpresa de Román, ella besó sus heridas. El contacto de sus labios ardía, pero la sensación era placentera.
“Me alegra saber que esto fue lo único que te hizo”, dijo poniendo distancia, arrepentida de su gesto.
“No solo soy un hombre de negocios, también sé pelear y no dudo en hacerlo si hay algo valioso que proteger”.
Frida quiso sostener su mirada, pero en un suspiro sus costillas crujieron, recordándole que aún necesitaba reposo. Apretó los ojos y sus manos buscaron sus costados. Román la tomó en brazos, con gentileza, como si su cuerpo estuviera hecho de frágil cristal.
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