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Capítulo 52:
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El círculo que rodeaba a Julian y Evelyn se abrió al acercarse Alexander. El ambiente se volvió denso, cargado de la tensión de unos egos que chocaban.
—Thorne —saludó Alexander, con voz suave y desprovista de calidez.
—Vance —respondió Julian, con una sonrisa forzada—. Me alegro de verte recuperado. Habíamos oído que la cosa estuvo muy reñida.
—Tengo una buena enfermera —dijo Alexander, clavando la mirada en Evelyn.
Evelyn le devolvió la mirada. Sujetaba la bandeja de plata contra su cadera como si fuera un escudo. «Solo cumplí con mi deber».
«¿Es eso lo que es esto?», preguntó Alexander señalando la bandeja. «¿Un deber?».
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«Mi madre me pidió ayuda», dijo Evelyn con inocencia. «Solo estoy siendo una buena hija».
—Eres la esposa de Alexander Vance —dijo él, invadiendo su espacio personal. Extendió la mano y le quitó la pesada bandeja de plata de las manos. Se la entregó a un camarero que pasaba sin apartar la mirada de ella—. Tú no sirves. A ti te sirven.
Los invitados murmuraron. Era una declaración pública de estatus. Una protección.
—Me las estaba apañando, Alexander —dijo Evelyn, ajustándose los guantes.
—Lo sé —murmuró él—. Pero no me gusta compartir.
Se volvió hacia Julian. —Bonitos guantes. ¿Cuero de competición?
—Los mejores —dijo Julian, dando un sorbo a su champán—. Evelyn mencionó que le gusta conducir rápido. Pensé que se merecía un equipo que pudiera seguirle el ritmo.
—Conduce un sedán —dijo Alexander con tono seco.
—Por ahora —replicó Julian—. El potencial es algo terrible de desperdiciar, ¿no crees?
El subtexto gritaba: Tú no la conoces. Yo sí.
Alexander apretó la mandíbula. Quería darle un puñetazo. Quería sacar a Evelyn de allí a rastras. Pero no podía montar una escena. Todavía no.
«Disculpadnos», dijo Alexander.
Le puso una mano en la parte baja de la espalda a Evelyn. Era un gesto posesivo: cálido y firme.
Evelyn se estremeció imperceptiblemente cuando su mano presionó contra el tierno moratón que se ocultaba bajo el terciopelo. Se mordió el interior de la mejilla para reprimir un grito ahogado, obligándose a inclinarse hacia su contacto en lugar de apartarse, enmascarando la punzada de dolor con una sonrisa tensa.
« «Mi mujer y yo tenemos que felicitar al cumpleañero», dijo Alexander, alejándola antes de que Julian pudiera responder.
Mientras caminaban hacia la mesa principal, Evelyn lo miró de reojo. «Estás celoso».
«Soy territorial», corrigió Alexander. «Hay una diferencia».
«¿De verdad?»
«Sí. Los celos implican que me preocupa perderlo. Ser territorial significa que sé lo que es mío».
Un escalofrío recorrió la espalda de Evelyn. Su voz era oscura, cautivadora.
Pero no podía dejar que él la distrajera. Esta noche no.
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