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Capítulo 47:
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La tensión en la habitación se rompió cuando el cuerpo de Alexander le traicionó.
Tembló: un temblor violento e incontrolable.
Evelyn lo notó a través de la ropa. Le puso una mano en la frente.
—Estás ardiendo —dijo ella.
—Estoy bien —murmuró Alexander, con los dientes castañeando.
—Estás entrando en estado de shock —dijo Evelyn, con voz clínica—. El dolor y el estrés están desencadenando una respuesta sistémica.
Se puso de pie, con cuidado. —Vete a la cama.
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Alexander intentó discutir, pero la habitación daba vueltas. Dejó que ella lo llevara al dormitorio principal. Se derrumbó sobre la cama.
Evelyn se puso manos a la obra. Ordenó a Ford que trajera bolsas de hielo y antiinflamatorios. Obligó a Alexander a tragarse las pastillas. Le quitó la camisa.
Tenía la espalda llena de ronchas y la piel enrojecida e inflamada.
Le aplicó un ungüento refrescante. Sus dedos eran suaves.
Alexander gimió, en parte por el dolor y en parte por el alivio.
«Quédate…», murmuró.
«Estoy aquí mismo», dijo Evelyn.
Hacia medianoche, la fiebre se disparó. Alexander temblaba tan fuerte que la cama vibraba.
«Frío…», dijo con voz ronca. «Tengo tanto frío…».
Evelyn comprobó el termostato. Estaba ajustado a setenta y cinco, pero la habitación parecía helada.
Cogió mantas extra y se las echó encima. No fue suficiente.
Estaba entrando en fase de rigores.
Evelyn lo miró. Parecía vulnerable. Joven. Como el chico de la mina.
Suspiró.
Se quitó los zapatos de una patada. Se metió en la cama.
Lo rodeó con sus brazos por detrás, presionando su cuerpo cálido contra la espalda temblorosa de él.
«Shh», susurró. «Estoy contigo».
Alexander buscó instintivamente el calor. Se giró, rodeándola con los brazos y hundiendo la cara en su cuello.
«Qué calor», suspiró.
Evelyn se quedó rígida. Aquello era peligroso. Pesaba mucho, estaba caliente y olía a hombre.
Su pierna se posó sobre la de ella. Sus caderas se apretaban contra las de ella.
Estaba erecto.
Evelyn se sonrojó intensamente en la oscuridad.
«Alex», le advirtió.
«No te vayas…», murmuró él contra su piel. «Scarlett… no te vayas…».
El corazón de Evelyn se detuvo.
Scarlett.
Incluso ahora. Incluso cuando era ella quien lo abrazaba, quien lo curaba. Él la llamaba a ella.
Las lágrimas le picaban en los ojos.
«Yo no soy ella», susurró en la oscuridad. «Nunca seré ella».
Pero no lo soltó. Le acarició el pelo. Solo por esta noche. Solo porque estaba enfermo.
Se quedó dormida abrazando al hombre que le había roto el corazón, escuchándolo llamar el nombre de otra mujer.
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