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Capítulo 444:
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A la tarde siguiente, Alexander entró en el vestíbulo del Ritz-Carlton. No estaba allí por negocios. Estaba a la caza. Se dirigió hacia los ascensores, con los sentidos en máxima alerta.
Vio un movimiento fugaz cerca del grupo de ascensores privados.
Una mujer con un abrigo negro, subiéndose a un ascensor que la esperaba.
Percibió un aroma.
No era perfume. Era sutil: vainilla, rosa silvestre y el aroma débil y penetrante del desinfectante, un hábito que Evelyn había adquirido en el laboratorio y del que nunca se había deshecho.
Le golpeó como un puñetazo, arrastrándole de vuelta a aquellas mañanas en su cocina, con la cabeza de ella apoyada en su hombro.
«¿Evelyn?», susurró.
Empezó a correr. « ¡Tenga la puerta!«
Las puertas del ascensor se estaban cerrando. Vio una mano que se extendía para pulsar el botón. Una muñeca delgada. Una pulsera de plata que no reconoció.
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Pero la postura. La forma en que se apoyaba contra la pared, cansada y a la defensiva.
Las puertas se cerraron de golpe justo cuando llegó a ellas.
Golpeó el metal. «¡Evelyn!».
Vio cómo subían los números. Veinte… treinta… cuarenta.
« «Ático», gruñó.
Se volvió hacia el gerente. «Llévame arriba».
«Señor, no puedo…»
Alexander agarró al hombre por la solapa. «Esa es mi mujer. Llévame arriba».
Unos minutos más tarde, estaba golpeando la puerta de la suite 402.
«¡Abre!»
La puerta se entreabrió. Julian Thorne estaba allí, con aspecto tranquilo pero pálido.
«Señor Vance», dijo Julian. «Está molestando a mi hija».
«¿Su hija?», Alexander empujó la puerta. «He olido su aroma, Julian. He olido a Evelyn. ¿Está ahí dentro?».
«La señorita Jolin está descansando», dijo Julian con firmeza. «Y Evelyn está muerta. Deja de perseguir fantasmas, Alexander. Vete a casa con tu prometida».
La mención de Scarlett fue como un cubo de agua helada. Alexander dio un paso atrás.
«Dile a Jolin —dijo Alexander, con voz temblorosa—, que lo sé. Y no me iré hasta que vea su rostro».
Dentro del dormitorio, Evelyn estaba sentada en el suelo, abrazando con fuerza a Lola, con la mano sobre la boca de la niña. Las lágrimas le corrían por el rostro.
Lo había oído gritar su nombre.
Sonaba a amor. Pero ella sabía que solo era culpa.
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