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Capítulo 381:
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Alexander cerró los ojos un segundo, visualizándola. Echaba de menos su fuerza. Echaba de menos la forma en que su mente funcionaba en sintonía con la suya.
«Hazlo», dijo. «Pero mantente alerta. Voy a enviar un equipo de seguridad física para que revise el perímetro en Reikiavik, solo para dar credibilidad a la mentira. «
«Entendido».
El coche se detuvo. Alexander miró por la ventanilla. Una multitud de paparazzi se había congregado frente al banco, alertados por el colapso de la fortuna de la familia Sharp. Eran como buitres, con la esperanza de vislumbrar al hombre que había dado el golpe de gracia.
«Señor», dijo su guardaespaldas —el sustituto de Kaelen— desde el asiento delantero. «La prensa está muy agresiva hoy. Preguntan por los rumores sobre la quiebra de los Sharp».
Alexander se puso las gafas de sol, ocultando unos ojos marcados por el agotamiento. «Que pregunten. Los Sharp son noticia de ayer».
Abrió la puerta. Los flashes estallaron como una tormenta eléctrica.
«¡Señor Vance! ¿Es cierto que ha dejado a la familia de su mujer en la indigencia?»
«¡Señor Vance! ¿Dónde está Evelyn?».
Alexander los ignoró. Se abrió paso entre la multitud como un tiburón en el agua, con sus guardaespaldas formando una cuña. No dijo nada. No se justificó. Era un rey caminando entre las ruinas de una fortaleza que él mismo había ayudado a derribar.
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De vuelta en el MDC, Scarlett estaba aprendiendo por las malas que su nombre no significaba nada.
«Oye, princesa», dijo una voz ronca desde la litera de arriba. «Te toca limpiar el retrete».
Scarlett yacía acurrucada sobre el fino colchón, con la mirada fija en la pared arañada por grafitis. «Yo no limpio retretes», susurró con voz temblorosa. «Soy una Sharp».
—Eres carne fresca —espetó la reclusa, saltando al suelo. Era una mujer corpulenta con tatuajes que le subían por el cuello—. Y aquí dentro, o trabajas o sangras.
Scarlett se incorporó, aferrándose a la manta. Miró a su alrededor en la estrecha celda. Ni tocador. Ni sábanas de seda. Solo acero frío y el olor del confinamiento.
«Mi prometido… Alexander Vance… él me sacará de aquí», balbuceó Scarlett, aferrándose a esa ilusión como a un salvavidas. «Solo está enfadado. Volverá».
La reclusa se rió, con un sonido áspero y entrecortado. «Cariño, si Vance quisiera que salieras, ya estarías fuera. Él te ha metido aquí. Más te vale despertar».
Scarlett apretó los ojos con fuerza. Las lágrimas brotaron, calientes y punzantes. Buscó a tientas el medallón de plata que llevaba alrededor del cuello, lo único que aún no le habían quitado. No era una llave mágica para llegar a un padre multimillonario. Solo era una baratija que había robado de la habitación de Evelyn hacía años.
Lo abrió. Dentro había una foto de Richard Sharp. El hombre que le había fallado. El hombre que estaba muerto.
«Te odio», susurró a la foto. «Os odio a todos».
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