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Capítulo 217:
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Dos semanas más tarde.
Alexander estaba de pie frente al espejo de su piso temporal. No había vuelto a la finca de los Vance. No podía soportar la idea de que Scarlett estuviera en cualquier lugar cercano a su espacio, aunque ella siguiera en el Plaza.
Hoy se celebraba la Cumbre Médica Global.
No quería ir. Apenas había dormido en semanas. Pero el decano Ivanovich había sido implacable, llamando a su oficina a diario.
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«¡La “Genio Junior” está dando un paso al frente!», había gritado el decano por teléfono. «Tienes que estar allí, Alexander. ¡Es el futuro de la medicina! ¡Vance Global es nuestro mayor donante!».
Alexander se ajustó la corbata. Sintió una extraña sensación de atracción. Recordó la foto que Sophie le había enviado: Evelyn cosiéndose la mano. Recordó su destreza en la habitación del hotel.
¿Podría ser?
Cogió su abrigo y salió.
La cumbre se celebraba en el Jacob Javits Center. La sala principal estaba repleta de los médicos, investigadores e inversores en biotecnología más destacados del mundo.
Alexander ocupó su asiento en la primera fila, reservada para los donantes VIP. Sintió las miradas de la multitud fijas en él: el multimillonario con una vida personal escandalosa.
Las luces se atenuaron. El decano Ivanovich subió al escenario.
—Señoras y señores —dijo el decano con voz atronadora—. Durante años, la comunidad médica ha hablado en voz baja de un fantasma. Un prodigio que publica bajo el seudónimo de «Oráculo». Una mente que ha resuelto acertijos que tenían desconcertados a los científicos más destacados.
La pantalla detrás de él se iluminó con diagramas complejos. Vías nerviosas. Reconstrucción celular.
«Hoy, el fantasma sale a la luz. Por favor, den la bienvenida a… la Dra. Evelyn Sharp».
La sala contuvo el aliento.
Alexander dejó de respirar.
Evelyn subió al escenario.
Llevaba una bata de laboratorio de un blanco inmaculado sobre un elegante vestido azul marino. Llevaba gafas —no las de montura extragrande tras las que solía esconderse, sino unas lentes nítidas y sin montura que reflejaban las luces del escenario—. Parecía autoritaria. Brillante. Hermosa.
Se acercó al atril y ajustó el micrófono. Miró al público, recorriendo con la mirada los cientos de rostros hasta que se fijó en Alexander, en la primera fila. No sonrió. No se inmutó.
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