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Capítulo 209:
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Alexander se puso de pie lentamente, sin apartar nunca la mirada de ella. No soltó sus manos. La atrajo suavemente hacia sí, acortando la pequeña distancia que los separaba.
—¿Significa esto que tengo una oportunidad? —preguntó él, con voz ronca.
—Significa que no te voy a echar —dijo Evelyn, aunque el corazón le latía a mil—. De momento.
Él sonrió, y esa sonrisa le transformó el rostro. Le acarició la mejilla con la mano, trazando con el pulgar la línea de su mandíbula.
—Me conformo con eso.
Inclinó la cabeza y la besó.
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No fue el beso frenético y impulsado por las drogas de la habitación del hotel. Fue lento. Deliberado. Una pregunta formulada y respondida en la suave presión de los labios. Evelyn dudó un instante, con la mente gritándole advertencias, pero su cuerpo la traicionó. Se derritió contra él, deslizando las manos por su pecho hasta agarrarle las solapas.
Alexander gimió, un sonido grave de satisfacción. La levantó con facilidad y la sentó en el borde de su escritorio. Una pila de papeles se deslizó, revoloteando hasta el suelo, pero ninguno de los dos miró.
Sus manos estaban por todas partes: en su pelo, en su cintura, atrayéndola con fuerza contra él. El calor entre ellos fue repentino y abrumador, como una presa que se rompe tras años de sequía.
—Evelyn —murmuró contra su cuello, encontrando el punto sensible bajo su oreja—. Mi mujer.
Evelyn jadeó y echó la cabeza hacia atrás. «Alex…»
Bzzt. Bzzt.
Su teléfono vibró sobre la cama, donde había dejado tirada la chaqueta.
Lo ignoraron. Alexander besó el hueco de su cuello.
Bzzt. Bzzt. Bzzt.
Era persistente. Irritante.
Alexander se apartó ligeramente, con la frente apoyada contra la de ella y la respiración entrecortada. «No le hagas caso».
Se inclinó para besarla de nuevo, deslizando la mano por su muslo, pero el teléfono sonó por tercera vez. La pantalla iluminó la habitación en penumbra, con una luz intensa e intrusiva. Evelyn miró por encima del hombro de él.
Identificador de llamadas: Eleanor Vance.
El ambiente se rompió como un cristal.
Alexander también lo vio. Una expresión de intensa irritación se dibujó en su rostro. «Mamá», murmuró. Se dispuso a silenciarlo, pero, en su prisa, su dedo rozó el icono verde.
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