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Capítulo 207:
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Evelyn salió de la suite del hotel con la dignidad de una reina que abandona una negociación, pero por dentro temblaba. Alexander no la dejaba en paz. La indiferencia que la había protegido durante tanto tiempo había desaparecido, sustituida por una concentración intensa y asfixiante.
Bajó por el ascensor de servicio, evitando el vestíbulo. Necesitaba aire.
Salió a la tarde fresca y húmeda. La ciudad estaba gris, y empezaba a caer una llovizna.
Su teléfono vibró. Era Willow.
Willow: ¿Ha firmado? ¿Estás libre?
Evelyn se quedó mirando la pantalla.
Evelyn: Se ha negado. Va a impugnar el acuerdo a menos que le dé seis meses.
Willow: ¿QUÉ? ¡Qué descaro! ¿Estás bien?
Evelyn: Estoy… confundida. Ha desterrado a Scarlett. Ha destrozado a Serena. De hecho, está haciendo lo que yo quería que hiciera hace años.
Willow: ¿Demasiado poco, demasiado tarde? ¿O más vale tarde que nunca?
Evelyn no respondió. Guardó el móvil.
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Paró un taxi. «Residencias de la Universidad de Sterling».
Mientras el taxi arrancaba, echó un vistazo por el retrovisor. Un Maybach negro salía del garaje del hotel y se incorporaba con fluidez al tráfico detrás de ella.
Por supuesto.
No solo estaba impugnando el divorcio. La estaba persiguiendo.
El trayecto hasta la universidad fue tenso. Evelyn observó el Maybach. No intentó adelantar, ni tocó el claxon. Simplemente la seguía, un depredador silencioso y elegante que mantenía el ritmo de su presa.
Pensó en la marca de mordisco en su cuello. Se la había mostrado como si fuera una insignia de honor. Había convertido su acto de desesperación en un símbolo de posesión.
—Lo sabe —se susurró a sí misma—. Lo sabe todo, excepto el nombre del Oráculo.
Y ese era el secreto más peligroso que quedaba. Si descubría que ella era el Oráculo… ¿la vería como una genio? ¿O como una mentirosa que lo había engañado a escala mundial?
El taxi se detuvo frente a las residencias. Evelyn pagó al conductor y se bajó. El Maybach se detuvo justo detrás de ella.
No esperó. Subió los escalones a paso firme, pasó su tarjeta y entró en el edificio.
Necesitaba la seguridad de su pequeña y abarrotada habitación. Necesitaba ser Evelyn, la estudiante, no Evelyn, la esposa del multimillonario. Pero mientras caminaba por el pasillo, oyó unos pasos pesados a sus espaldas.
Se dio la vuelta.
Alexander estaba allí. Se había quitado la corbata. Todavía llevaba el primer botón desabrochado, dejando entrever la cicatriz. Desentonaba en el pasillo de la residencia, iluminado por luces fluorescentes, como un lobo en un zoológico interactivo.
—Vete a casa, Alexander —dijo ella, con la mano en el pomo de la puerta.
—No puedo —respondió él simplemente—. Mi mujer está aquí.
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