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Capítulo 177:
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Su corazón —ya agrietado y frágil— se hizo añicos por completo. La esperanza que había estado alimentando, esa pequeña y patética esperanza de que aquella noche en The Citadel significara algo, murió.
Si le decía la verdad ahora —Fuiste tú, idiota—, él lo negaría. La llamaría mentirosa. Diría que se lo estaba inventando para encubrir a Julian.
La humillación de ese rechazo la destruiría.
Lo miró a los ojos. Su mirada se endureció.
—Si eso es lo que piensas —susurró, con voz ronca pero firme—, entonces sí.
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Alexander se estremeció. Fue un gesto microscópico —un apretón de mandíbula—, pero ella lo vio. Parecía como si le hubiera dado una bofetada.
—Eres repugnante —dijo él.
Las palabras fueron silenciosas, íntimas y devastadoras.
«No tienes ningún respeto por ti misma».
Evelyn sintió cómo las lágrimas le picaban en los ojos, pero se negó a dejar que cayeran. No iba a llorar por él.
Ya no.
«Quiero el divorcio», declaró Alexander. «Inmediatamente. Sin periodo de espera. Sin terapia. Quiero que te vayas».
Evelyn alzó la mano y agarró el tubo de la vía intravenosa pegado a su mano.
«De acuerdo», dijo.
Arrancó la cinta adhesiva y se sacó la aguja.
La sangre brotó y goteó sobre la sábana blanca: una mancha de un rojo intenso.
«Sal de mi habitación», dijo.
Alexander se quedó mirando la sangre de su mano, atónito. Esperaba que ella le suplicara. Esperaba que lo negara.
Su aceptación lo desconcertó.
Dio media vuelta y salió furioso.
Evelyn oyó un fuerte golpe en el pasillo: el sonido de un puño contra la pared.
Willow entró corriendo un segundo después, con los ojos enrojecidos por el llanto. Vio la sangre en la mano de Evelyn y dio un grito ahogado.
«¡Evie!». Cogió un pañuelo y se lo presionó contra la herida.
Evelyn no se movió. Se quedó mirando la puerta vacía.
«Lo odio», susurró Evelyn.
No fue un grito de pasión.
Fue una constatación de los hechos.
Willow la abrazó, hundiendo el rostro en el cuello de Evelyn. «Le haremos pagarlo. Te lo prometo. Haremos que se arrepienta de esto».
Evelyn cerró los ojos.
La «don nadie», la esposa sumisa, la chica que había esperado migajas de afecto…
Murió en esta cama de hospital.
«Sí», dijo Evelyn.
Su voz era de acero frío.
«Él cree que soy débil. Cree que no soy nada».
Abrió los ojos. El fuego que había estado ardiendo a fuego lento en su interior —el fuego del Oráculo— estalló con fuerza.
«Ya he dejado de esconderme, Willow».
Cogió el teléfono de la mesita de noche y marcó un número que llevaba meses sin usar.
«Abogado Lee», dijo cuando se conectó la llamada. «Soy Evelyn. Te necesito. Al mejor tiburón que tengas. Y necesito acceso a la Cámara Acorazada».
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