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Capítulo 118:
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El almacén olía a salmuera y madera podrida. Era una instalación de transporte abandonada en los muelles, a millas de distancia de la universidad.
Evelyn se despertó al sentir agua helada salpicándole la cara. Jadeó, ahogándose. Intentó limpiarse los ojos, pero tenía las manos atadas a la espalda. Estaba atada a una silla metálica en el centro de una sala enorme y vacía.
Carter Zhou estaba de pie frente a ella. Tenía peor aspecto del que ella recordaba. Se apoyaba con fuerza en una muleta, con el brazo enyesado sujetado al pecho con un cabestrillo, y el rostro demacrado y pálido. Detrás de él había dos hombres corpulentos —matones a sueldo— con aire aburrido y profesional.
«Despierta, genio», espetó Carter.
Evelyn sacudió la cabeza para despejar la mente. Le latía la cabeza.
«Carter», dijo con voz ronca, «estás cometiendo un error. Mi marido me encontrará».
«¿Tu marido?», se rió Carter, con un sonido agudo e inestable. «Ahora mismo está mirando una pantalla. Cree que simplemente llegas tarde al espectáculo. Para cuando se dé cuenta de que te has ido, ya será demasiado tarde».
Asintió a uno de los matones. El hombre montó un trípode con una cámara.
«Voy a retransmitir en directo tu confesión», dijo Carter. «Vas a admitir que me atacaste. Vas a suplicar perdón. Y luego…»
𝖳u р𝘳𝘰́x𝗂m𝖺 𝘭𝗲с𝘁𝘂𝘳𝘢 f𝖺𝘷𝘰𝘳i𝘁а е𝗌𝘵𝘢́ 𝗲𝘯 𝗻𝗈𝘷𝘦l𝗮𝗌4𝗳аո.c𝗼𝘮
Sacó un cuchillo con su mano buena. Le temblaba.
«Y luego me aseguraré de que todo el mundo vea lo que pasa cuando te metes con un Zhou».
Evelyn se quedó mirando el cuchillo. No suplicó. Empezó a hurgar en la cuerda que le ataba las muñecas. Tenía una microcuchilla escondida en su anillo. Solo necesitaba tiempo.
«¿Quién contrató a esos hombres, Carter?», preguntó Evelyn con calma. «No puedes permitírtelos. No con tus cuentas congeladas».
Los ojos de Carter parpadearon. «¡No es asunto tuyo! ¡Cállate de una vez!».
Se acercó un paso más. «Empieza a hablar. Pide perdón».
«No», dijo Evelyn.
Carter gritó frustrado. Arremetió con el cuchillo, dejándole un fino corte en la mejilla.
El escozor fue agudo. La sangre le resbalaba por la piel.
—¡Eso ha sido una advertencia! —gritó Carter—. ¡La próxima te la clavo en el ojo!
De repente, la pesada puerta metálica del almacén crujió.
BOOM.
No se abrió. Explotó hacia dentro.
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