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Capítulo 115:
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Se giró para marcharse, pero la mano de Evelyn se extendió de repente y le agarró la manga. Se aferró con fuerza, un agarre de hierro nacido de la desesperación en un sueño.
—No te vayas —murmuró ella, con la voz pastosa por el sueño—. Vienen.
Alexander se quedó paralizado.
¿Vienen?
¿Quién venía?
Miró la mano de ella. Luego miró el lado vacío de la cama.
Él también estaba cansado. Llevaba tres años sin dormir una noche entera. No lo había hecho desde el accidente.
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«Solo diez minutos», se dijo a sí mismo. «Solo para asegurarme de que se calme».
Se tumbó sobre las sábanas, a su lado.
Evelyn percibió el calor. Se giró hacia él. Le rodeó el pecho con un brazo y le pasó una pierna por encima del muslo. Hundió la cara en su cuello.
Alexander se tensó. Su cuerpo era suave, cálido y encajaba perfectamente contra el suyo. Su pelo olía al aceite de hierbas del spa.
Era la sensación más apacible que jamás había sentido. Se le cerraban los ojos. El nudo de ansiedad que habitaba permanentemente en su pecho comenzó a aflojarse.
La rodeó con un brazo, atrayéndola hacia sí.
—Te tengo —le susurró al oído.
El tiempo perdió su significado en aquella habitación oscura y silenciosa.
Afuera, en la oficina principal, el sol se había puesto por completo. Las luces de la ciudad se encendieron parpadeando.
El teléfono de Alexander, que había dejado sobre su escritorio, se iluminó.
Llamada entrante: Scarlett.
Vibró en silencio contra la madera. Una vez. Dos veces. Tres veces.
Entonces se abrió la puerta de la oficina principal.
«¿Alex?», la voz de Scarlett sonó estridente. «¡Davies intentó detenerme, pero sé que estás aquí dentro! ¿Por qué no contestas al teléfono?»
Entró dando un portazo en la oficina. Miró a su alrededor.
Vacía.
Vio que la puerta de la suite privada estaba ligeramente entreabierta. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
«¿Te estás escondiendo?»
Se dirigió hacia la puerta del dormitorio.
Dentro, Alexander se removió. El sonido de los tacones resonando sobre el suelo de madera penetró en su sueño.
Clac. Clac. Clac.
Abrió los ojos. Vio el techo. Sintió el peso sobre su pecho.
Evelyn.
Ella seguía dormida, babeando ligeramente sobre su camisa.
El pánico —frío y agudo— inundó sus venas. No por él mismo, sino por la tranquilidad de ella. Si Scarlett veía aquello, gritaría. Despertaría a Evelyn. Destruiría ese frágil momento.
Oyó cómo la mano de Scarlett tocaba el pomo de la puerta.
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