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Capítulo 109:
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Silas permanecía en silencio junto a la pared, su presencia apenas más que un susurro. Podía sentir su inquietud ante la energía fría y peligrosa que irradiaba de mí.
Lancé el tenedor de plata sobre la mesa. Golpeó el plato de porcelana con un ruido seco y resonante.
Por primera vez desde que comenzó este juego, sentí una amarga punzada de arrepentimiento, no por lo que había hecho, sino por lo que le había dejado creer.
Punto de vista de Haven Kramer
Entré a trompicones en el estudio, golpeándome el hombro contra el marco de la puerta. Cerré de un portazo la pesada puerta de roble y giré el cerrojo. Mi espalda se deslizó por la fría madera hasta que me desplomé en el suelo, jadeando en busca de aire.
El ardor en las entrañas se intensificó: un dolor abrasador que se retorcía por mi abdomen como una serpiente enroscada. Me invadió la náusea y la habitación se inclinó peligrosamente.
Apreté los dedos contra la muñeca, contando. Rápido. Demasiado rápido. Y me temblaban las manos, no solo por el dolor, sino por una caída de la presión arterial.
Repasé mentalmente los síntomas, comparándolos con los ensayos en animales. La reacción gastrointestinal era idéntica, pero la intensidad era mayor. Mucho mayor. El efecto de supresión de la cicatrización era más fuerte que el que habían mostrado los conejos —al menos un quince por ciento más fuerte—. Eso significaba que incluso un corte menor tardaría más en curarse de lo que lo haría en un humano normal. En este mundo, para cualquiera, eso era un riesgo. Para la compañera de un hombre lobo, rodeada de enemigos, era algo que no podía permitir que nadie descubriera.
Me levanté a duras penas del suelo, con las piernas temblorosas, y me dirigí tambaleándome hacia mi escritorio. Abrí un cajón y saqué un diario encuadernado en cuero: mi registro privado, escrito en un código que solo yo podía leer. Era el único lugar seguro para este tipo de notas.
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Mis dedos, resbaladizos por el sudor, buscaron a tientas un bolígrafo. Abrí el diario por la última página y empecé a escribir, obligando a mi mano a mantenerse firme.
Sujeto: Yo misma. Mujer. 22 años.
Dosis: 0,5 mg en T+0.
Reacción gastrointestinal aguda en T+12 horas, más grave de lo previsto.
Supresión de la cicatrización: un 15 % por encima de las previsiones de los ensayos con animales.
Es necesario recalibrar.
Umbral de riesgo: inaceptable para continuar con los ensayos en mí misma con la dosis actual.
Documenté mi propia agonía con la fría precisión de un cirujano. Ya no era Haven: era un dato. Un caso de estudio. Este diario era mi arma, la clave para comprender el veneno, para encontrar su punto débil. Era la única forma de protegerlo.
Un ajuste más de la dosis. Después pasaré a la siguiente fase. Tengo que hacerlo bien.
Punto de vista de Demetri Contreras
Estaba sentado en mi silla de ruedas, mirando por la ventana, con la bandeja del almuerzo intacta sobre la mesa a mi lado; el aire de la habitación era denso y sofocante.
No podía quitarme esa imagen de la cabeza: el rostro de Haven, pálido y demacrado. Su huida desesperada del comedor. La forma en que se había apretado la mano contra el estómago, como si el mero hecho de pensar en mí le diera náuseas.
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