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Capítulo 543:
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Cedrick se guardó tranquilamente el móvil en el bolsillo. La llamada a Kevin nunca había sido real. Solo una representación teatral cruel y eficaz.
Bajó la mirada hacia Isidora, que temblaba en sus brazos, y una expresión fría y calculadora se apoderó de su rostro. No hizo ningún gesto para ocuparse de los hombres que estaban en la puerta.
Estaba esperando.
Esperando a que ella se derrumbara por completo. A que eligiera a su monstruo.
¡CRASH!
La puerta se estremeció en su marco, y la vieja cerradura gimió en señal de protesta al recibir otro golpe.
Isidora miró de la puerta que se astillaba al rostro impasible de Cedrick y lo comprendió. Él le estaba dando a elegir: ser devorada por la hiena que estaba en la puerta, o rendirse al león que ya la tenía entre sus fauces.
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—¡Un golpe más bastará, señor Thorne! —gritó una voz desde el pasillo.
No quedaba tiempo.
Su orgullo, su resistencia, su odio hacia él… todo se disolvió ante el miedo puro y primitivo.
Con un sollozo ahogado, se abrazó al cuello de Cedrick y se apretó contra él, buscando refugio en la misma fuente de su cautiverio.
—Ayúdame —susurró, con el rostro hundido en el hueco de su cuello, la voz ahogada y pastosa por las lágrimas—. Cedrick, por favor. Haz que se vaya.
Era la primera vez que le pedía algo. La primera vez que le mostraba ese nivel de vulnerabilidad cruda y sin filtros.
Todo el cuerpo de Cedrick se tensó. Podía sentir cómo sus lágrimas ardientes empapaban el fino encaje de la máscara, quemándole la piel.
Una satisfacción oscura y posesiva —tan intensa que resultaba casi dolorosa— lo invadió. Esto era lo que había querido. Que ella se despojara de sus propias defensas y acudiera a él en busca de protección.
Sus brazos, que la habían mantenido cautiva, se movieron y la rodearon, atrayéndola hacia sí y envolviéndola en su fuerza.
—Como desees, mi niña —le susurró al oído, con una voz que era una promesa aterradoramente suave.
Con un último crujido, la cerradura cedió.
La puerta se abrió de par en par. Zane Thorne irrumpió en la habitación con una sonrisa lasciva y triunfante en el rostro. «Ahí estás. Te dije que…»
Las palabras se le atragantaron en la garganta.
La escena que tenía ante sí no era la que esperaba. La mujer enmascarada a la que había venido a reclamar estaba íntimamente entrelazada con otro hombre: con las piernas enroscadas en su cintura y el rostro hundido en su cuello, como una amante que busca refugio.
Y ese hombre estaba ahora girando lentamente la cabeza, clavando en Zane una mirada más fría y desoladora que un invierno siberiano.
Las pupilas de Zane se redujeron hasta convertirse en puntos minúsculos. Reconoció aquel rostro. Todo el mundo en Wall Street reconocía aquel rostro. Era el rostro del hombre capaz de borrar fortunas de miles de millones de dólares con una sola llamada telefónica.
Cedrick Garrison.
Un sudor frío brotó en la frente de Zane. Su bravuconería se evaporó, dejando en su lugar solo un miedo primitivo y acobardado.
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