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Capítulo 467:
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Se acercó a la primera curva cerrada, la más famosa del circuito, aquella que exigía una frenada absoluta y contundente. Levantó el pie derecho del acelerador y lo pisó con fuerza sobre el pedal del freno.
Su pie se hundió.
No había resistencia alguna. El pedal no ofrecía resistencia. Era como pisar una esponja podrida y, a continuación, golpear el suelo del habitáculo con un chasquido hueco e inútil.
A Isidora se le paró el corazón.
Recorrió con la mirada el salpicadero. Ninguna luz de aviso. Ninguna alarma.
Pero el coche no reducía la velocidad. Seguía circulando a casi trescientos kilómetros por hora.
Fallo de los frenos.
La constatación le golpeó el cerebro como un puñetazo.
Para evitar salir disparada por el terraplén y volcar el coche a esa velocidad, solo tenía una opción: suicida e inmediata. Agarró el volante de Alcántara y lo giró violentamente hacia la izquierda.
El Porsche plateado soltó un chirrido ensordecedor y agonizante. Los neumáticos perdieron adherencia. El coche se desvió bruscamente de la trazada y se lanzó hacia la zona de escape pintada.
Pero la velocidad era demasiado alta. La superficie más rugosa no sirvió de nada. El coche se convirtió en una fuerza enfurecida e imparable.
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En esa fracción de segundo, el rostro de Sloane le pasó por la mente: maníaco, gritando, venenoso. Muere en esa pista. Arde hasta quedar reducida a cenizas.
Las manos de Isidora se aferraron al volante. Sus nudillos se pusieron blancos como el hueso. Golpeó frenéticamente la palanca de cambio izquierda, intentando forzar la caja de cambios a una marcha más corta y utilizar el frenado del motor.
La caja de cambios chilló en señal de protesta. El ordenador rechazó la reducción de marcha, protegiendo el motor de un exceso de revoluciones.
Estaba completamente atrapada —encerrada en un ataúd plateado que avanzaba a una velocidad letal.
A lo largo del borde de la pista, los comisarios se percataron de lo que estaba ocurriendo. Alzaron banderas rojas en el aire, con los rostros pálidos por el pánico.
Era inútil.
En lo alto, dentro de la cabina acristalada e insonorizada para VIP, el ambiente se rompió en mil pedazos.
Todos los multimillonarios y miembros de la alta sociedad presentes en la sala se pusieron en pie de un salto y se abalanzaron hacia el cristal, con la boca abierta y los rostros pálidos.
Ezra Ramírez se quedó paralizado. La copa de champán de cristal se le resbaló de los dedos y estalló contra el suelo de madera.
Julian Sinclair apretó ambas manos contra el cristal, con el rostro completamente pálido.
Y al fondo de la sala, tras llegar acababa de llegar tras leer el mensaje de Ezra, se encontraba Cedrick Garrison.
El tirano inquebrantable de Wall Street. El hombre cuyo rostro era una máscara permanente de hielo tallado.
Por primera vez en su vida adulta, una enorme y dentada grieta partió esa máscara en dos.
Sus ojos azul hielo se abrieron de par en par. Un terror puro y primitivo inundó sus pupilas. Una mano enorme y gélida se le metió en el pecho y se cerró alrededor de su corazón. Sus pulmones dejaron de funcionar.
Abajo, el Porsche plateado se precipitaba directamente hacia la enorme barrera de hormigón situada al final de la zona de escape.
Ya no quedaba espacio. Ya no quedaba tiempo.
Isidora apretó los ojos con fuerza. Apretó la mandíbula y tensó cada músculo de su cuerpo en previsión del impacto final, capaz de triturarle los huesos.
El tiempo se detuvo dentro del palco VIP.
El aire se espesó, pesado como el hormigón húmedo. Los gritos de la alta sociedad y el sonido del cristal al romperse se desvanecieron en un silencio absoluto y ensordecedor. Todo el universo de Cedrick se redujo a un único y aterrador punto de atención.
El Porsche plateado.
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